Con el cetro que á Hasán había robado.

Aixa también, desarrugado el ceño,

Su saña habiendo y su ambición saciado,

Al fin vengada de su infiel esposo,

Entregábase en brazos del reposo.

Era todo silencio en el recinto

Del regio alcázar de la corte mora:

Reinaba en su dorado laberinto

Del descanso la paz reparadora,

Cuando el eco de un ¡ay! claro y distinto