De aquel ¡ay! eco del dolor humano.
Escuchaba el Rey moro todavía
El eco de aquel lúgubre gemido,
Cuando su madre con vigor le asía
Por el brazo en que estaba sostenido.
—«Levántate, hijo mío, le decía,
Levántate, Abdilá: ¡Nos han vendido!
—¿Qué pasa, madre? preguntó el mancebo.
—Tu padre busca á la venganza cebo.»
Su alfanje Abú-Abdil blandió desnudo,