El rey Abú-Abdil mandó hacer alto.

Alzáronse las tiendas: en el centro

Metieron el botín, reses y esclavos,

Y esperando la luz del nuevo día

Se dieron unas horas al descanso.

«Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda

Aláh por nuestro bien les ha cegado:

Mañana somos dueños de Lucena,

Cuando no por sorpresa, por asalto.

—Así lo espero, Amir; pero reposa