Se halló bajo de mí, tal vez creyendo

Que era yo el Rey por mi caballo blanco,

Le cortó los jarretes; dió un bramido

El generoso bruto, y desplomándose

Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío

Una laguna con la sangre haciendo

Que sus arterias rotas derramaban.

Pasaron sobre mí cien y cien veces

Amigos y enemigos, sin que fuera

Posible levantarme. Entonces, Aixa,