Meterse en un jaral: le creí salvo.

Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas

Le vi pasar, á la merced de un jefe

De quien iba cautivo. En su cimera

No había ya una pluma, ni una hebilla

Que encajara en su arnés, roto en cien partes.

Lleno de sangre y de sudor el rostro,

Reconocíle apenas: como un sueño

Le vi alejarse, y el pesar, la ira,

La vergüenza, el cansancio, me prensaron