Sentía aglomerársela, y gran trecho

Sin pestañear inmóvil se mantuvo,

Porque no se la huyeran de los párpados.

Tragóselas al fin, y sobre el hombro

Poniendo de Kaleb su mano ardiente,

Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando

La cabeza y mostrando su semblante,

Que surcaban las lágrimas, repuso:

«¿Qué más he de decirte? Anochecía

Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos