Era la hora, en fin, de las historias
Tristes y de las lúgubres memorias.
Tendido en los bordados almohadones
Del rico camarín de Lindaraja,
Cediendo á las sombrías impresiones
De la luz del crepúsculo, que en vano
Por repeler su corazón trabaja,
Á solas con sus negras reflexiones
Yacía de Granada el soberano.