Testimonios sin par, sino visiones
Que empañaron del triunfo las grandezas:
Fueron, en fin, proféticos ensueños
Que trocaron para él los corazones.
Y al fin el Moro comprendió, con pasmo
Mortal y con hondísima congoja,
Que aquella multitud, cuyo entusiasmo
Se extinguió ante su faz de sangre roja,
Y tornó sus miradas compasiva
Á la cristiana multitud cautiva,