Una gran masa de carne humana formaba en extenso círculo, salpicado de gran profusión de juepes que daban más humo que luz: una mesa ante la cual se encontraban tres apuntadores llamados á relevarse unos á otros, cuatro bancos corridos para los comediantes, estando á la derecha ellas y á su mano contraria ellos, y las sillas presidenciales de los maridables Tintay y Tenten formaban el cuadro.
Una vez todos listos empezó el ensayo.
En las comedias bicoles no hay necesidad de lecturas, pases ni copias de papeles: el actor se coloca cerca del apuntador y repite cuanto oye sin variar de tono, parándose á cada final de verso. Con este sistema, claro está que para nada hacen falta los papeles; bien es verdad, que en esta clase de espectáculos, lo que menos significa es la parte literaria.
Siempre que tenía que presentarse en escena un personaje, lo llamaba el apuntador, á cuya llamada se ponía en pie esperando que le avisaran para entrar en su primer verso. Una de las cosas que más me llamó la atención fué que todos los actores declamaban accionando con un bastón, cuyo adminículo lo sustituían las actrices por el abanico.
En una de las escenas en que el rey Mahometo le dice á la princesa Rogeria que ya está al tanto de cuanto ocurre y que si cree que él se mama el dedo está equivocada, Rogeria que sin duda no tiene ganas de broma le contesta que eso de mamarse el dedo se lo cuente á su abuela, y para dar mayor fuerza al argumento llama á sus ejércitos y se provee de daga y espada; en esto el apuntador toca un pito, la música lo hace del Himno de Riego, entran en plaza precipitadamente ejércitos moros y cristianos, y se arma una de polvo y de latigazos que da gozo. Rogeria deja su sexo en el lugar que le corresponde, hiriendo al amigo Mahometo que no le quedan ganas de andar en tratos con princesas.
La parte que llamaríamos de exposición de la obra, lo era, en efecto, en la que se representaba, y tan lo era, que en uno de los ejércitos resultó un estacazo tan realista que tuvieron que dar dos puntos en la cabeza á un moro.
Todas las escenas que se ensayaron aquella noche constituían otros tantos caramillos para acudir á las armas, siendo ellas las más dispuestas á resolver los problemas más sencillos á estacazo limpio. A las dos de la madrugada se pronunció la última letra del primer tomo de la obra, y se anunció su continuación frente á la casa de Capitán Perto.
Pregunté el por qué no habían de seguirse los ensayos en la plaza, y me contestaron que solo se hacía allí el primero, verificándose los demás frente á la casa del que convidaba.—¡Ah, vamos! ¿con que hay convite?—Si señor, me replicaron, el que quiere comedia avisa y toda la gente representa frente á su casa en la que actores, directores, traspuntes y público de categoría cenan después del ensayo. La cosa me pareció muy bien, y como yo componía categoría participé en las noches sucesivas de las doraditas lonchas de lechón asado, víctima irreemplazable en toda reunión india.
Veinticinco de aquellos, que generalmente con perdón se nombran, habían sido inmolados, lo que quiere decir que veinticinco noches habíamos tenido ensayo, y digo habíamos, porque poco á poco me había ido identificando con toda aquella familia real, hasta el punto de creerme muchas veces ciudadano pacífico del reino de Sansueña.
Al llegar al lechón número veintiséis se anunció que el teatro estaba concluído y por lo tanto que los ensayos se harían sobre el tablado.