El teatro en efecto estaba terminado.
Veámoslo por dentro y por fuera.
Un espacioso tablado cubierto de cañas y nipas y cerrado por tres lados de nipas y cañas, formaban el edificio. El tablado se hallaba dividido en dos partes, por medio de un enverjado fabricado con los susodichos materiales, y paralelo á lo que debía ser telón de boca, destinándose la parte posterior, para foyer, como diría mi amigo Luís, de público, actrices y actores. En aquel movible salón me dijeron se colocarían biombos para vestirse y desnudarse tras ellos las señoras, y como las funciones habían de ser de muchas horas, también me aseguraron se establecerían allí varias carenderías. Los tres lados de lo que constituía el palco escénico tenían un corredor, y por bajo de este y á derecha é izquierda de aquel se hallaban sus correspondientes palcos destinados á las personas de distinción que convidase el Gobernadorcillo. En cuanto al corredor se utilizaba para declamar desde él algunas escenas.
El palco escénico no tenía más entradas que dos agujeros que se habían dejado en el fondo. Estos dos agujeros eran los únicos auxiliares de la escena.
Lo anterior éralo visible, pues aun cuando el teatro de Legaspi no tenía bambalinas, ni tetares, ni bastidores, ni telones de boca, ni de no boca, ni escapes laterales, ni gazapera para el apuntador, no faltaban sus intriguillas interioras, que si bien no las tapaban los lienzos de los telones ni las sombras de las bambalinas, las ocultaban las paredes de las casas en que se vestían á las señoras. Un mercader chino, de esos que han nacido para el mostrador y que está tan incrustado á él como la sonrisa á su cara, me puso al tanto de cuanto ocurría. Por su conducto se habían hecho muchos pedidos á Manila de cintas, lazos, plumas, abalorios y lentejuelas, y hasta me dijo que uno de los vestidores había encargado medias de seda, ligas azules, y botitas imperiales de raso grana.
El orgullo y la vanidad habían sacado la cabeza en el pueblo de Legaspi, y cada cual quería que su señora sobrepujase en lujo y riqueza á las demás. Había una de noticias, chismes y enredos, que ni aun Tintay, con su consabido Osús-María-seff, podía contrarrestar. Desde que á las señoras les probaron el primer traje de raso, había entre ellas una marimorena muy cerca del repelón. Ya la cándida Pupen no era la morena dalaga de gustos sencillos, sino la orgullosa señora que presentía hasta la blancura de su cara ante la brocha del colorete. Ni Pupen se llamaba ya Pupen, ni Beten se la conocía por Beten, y sí por la reina Eurica la primera y por la reina Galiana la segunda, identificándose de tal manera en sus papeles, que tenemos la seguridad de que suponían que no otro tanto que ellas eran las reinas moras y cristianas. Este desvanecimiento tiene su lado malísimo, lado que no podemos menos de tratar muy en serio, hablando con la experiencia en la memoria. La mayor parte de las comediantas son muchachas muy jóvenes, tan bonitas como pobres. No conocen del mundo más que las 200 brazas de tierra que siembran, ó el azul del cielo bajo el cual tienden las redes ó peinan el abacá. A inteligencias tan dormidas se las despierta bruscamente, lanzándolas en un mundo completamente desconocido para ellas. Durante dos meses están siendo objeto de toda clase de atenciones, y como son bonitas, sus oídos oyen de continuo frases que, si al principio no comprenden, luego concluyen por envenenarles la existencia. Durante aquellos dos meses, no es solo el halago lo que las rodea, sino que también un lujo que no han visto ni soñado jamás. Su corto y áspero patadión se transforma en la crujiente falda de gró, sus piés los aprisionan diminutas botitas de raso, sus piernas se recubren de finas mallas, y en sus hombros, y entre las negrísimas hebras de su cabellera, descansan perlas y brillantes. El despertar de este hermoso sueño de la juventud debe ser horrible: después de haber llevado tantas galas, volver á la triste realidad de los harapos y la miseria, es de funestísimas consecuencias. Los espectáculos que describimos, en la forma con que se hacen, dan un gran contingente á la prostitución y á la cárcel. Antes de que una joven de quince años, de la clase que nos ocupa, lleve encajes y brillantes, es muy difícil la seducción: una vez que ha sido dueña de ellos, lo difícil es fácil. Conocemos una causa célebre, cuyo sangriento drama es muy de recordar tratándose de este asunto. Su extracto es muy corto: Una fría madrugada de invierno salían varios jóvenes calaveras de una casa en que imperaba la crápula y el desenfreno: al abrir la puerta, cayó al suelo un pobre barrendero que, hambriento y aterido, se había refugiado al hueco de su quicio para librarse de la nieve que caía con gran abundancia. Uno de aquellos calaveras cogió al muchacho del brazo y lo hizo subir al salón que acababan de dejar, en el que quedaban todas las últimas heces del desenfreno y la borrachera. La crápula volvió á empalmarse, haciendo participar al muchacho de todos los goces, recorriendo en dos horas cuantas páginas escribe el delirio inspirado por todas las pasiones. Cuando nada restaba por gozar, volvió el pobre barrendero á ser conducido á la calle. La nieve caía en anchos copos, y el frío era intensísimo. La escoba, que aún estaba arrimada á la puerta, la puso en las manos del muchacho el joven que lo sacó de la calle, y al entregarle la escoba, le dió dos fuertes bofetadas, volviéndole á la triste realidad de la vida, al par que le decía:—¡Imbécil, cuanto acabas de dejar solo se adquiere con dinero!—Aún no se había perdido el ruido de las carcajadas de los libertinos, cuando ya germinaba en la mente del muchacho la idea del robo.
A los dos meses el barrendero estaba en presidio….
Sirva el saludable consejo que envuelve el anterior recuerdo, y volvamos á nuestro teatro de Legaspi.
Los ensayos sobre el tablado se completaron, y como todo llega en la vida, también llegó la alborada del día del pintacasi del pueblo. Nuestra misión no es describir en esta ocasión tales fiestas, de modo que solo lo haremos en cuanto se refieren á los comediantes.
A las ocho de la mañana se reunieron en casa del Gobernadorcillo, cómicas, cómicos y comparsas, vistiendo los trajes de más lujo que habían de lucir en la comedia. Tintay y Tenten con todo el acompañamiento de moras y cristianas, de reyes y emperadores, y de ejércitos fieles é infieles, asisten con todo el municipio á la función de iglesia, de aquí se dirigen al teatro y empieza la comedia. Los días siguientes continúa, pero solo por la noche. En la del día á que me refiero, y siendo las diez de ella, me constituí en uno de los palcos. Frente al teatro estaba todo el pueblo, y el que faltaba se hallaba dentro de aquel, repartido en los corredores, en los palcos y hasta en la misma escena, en la que solo quedaba el espacio suficiente para el accionado. El teatro estaba perfectamente iluminado con toda clase de aparatos. Allí había desde la elegante araña de seis bombas de tulipán, alimentada con petróleo, á la modesta lamparilla que chisporrotea en la chireta de coco.