Las reinas y princesas estaban irreprochables en cuanto á riqueza. Sobre aquellas cinco muchachas podría asegurarse estaban todas las alhajas más valiosas del pueblo, y tanto es así, que se solicitó del Alcalde un guardia civil para vigilar y custodiar á cada una de aquellas niñas; el Alcalde que es algo de broma, dijo bastaba con un fusil de chispa, y en vez de guardias, dió cuadrilleros.

Los trajes de las señoras, tanto moras como cristianas, eran de pura fantasía teniendo de cinco á siete distintos cada una de ellas. Ví una mora cubriendo su cabeza con pamela, y más de un moro que lo hacía con sombrero de copa. Con esto creo baste, pues son dos buenos botones para muestra. La única distinción que pude encontrar entre moras y cristianas, era en que las primeras vestían faldas cortas y las segundas lo hacían de cola muy larga.

En cuanto á los actores no puedo resistir la tentación de bosquejar á D. Bernardo Carpio. Este era un escribiente muy conocido en Legaspi, y su traje consistía en zapato bajo de charol, pantalón negro con ancha franja dorada, casaca azul con vueltas rojas en faldones y solapas y kepis con insignias de coronel, completando su atavío relucientes espolines, ancha espada de cazoleta, tricolor banda de seda, descomunales condecoraciones de papel dorado, amplios guantes de algodón y grueso palasán con puño de plata. Tal se presentó el bueno de Bernardo Carpio en el escenario de Legaspi.

Hasta las dos de la madrugada no terminó la primera parte.

En las noches sucesivas continuó el desempeño de la obra, cuyo argumento me conformaría con que tuviera cuerpo siquiera fuese jorobado, ya que era imposible encontrarle piés, cabeza ni manos. Las escenas amorosas terminaban por lo regular con tan imprevistos incidentes, como imprevistas eran las resoluciones de los consejos y el éxito de las miles de empresas. Excuso decir que en los combates los descalabrados eran siempre los moros, por más razón que tuviesen, no amparándoles ni aun la poderosísima de ser á veces más los malos que los buenos.

El autor de la obra no se había andado con tafetanes, apelando muy á menudo á recursos heróicos. Tan luego como un diálogo se hacía difícil, un monólogo se agotaba, ó una escena no tenía fácil salida, el autor la encontraba bien sencilla en el momento, y al efecto se dió un caso en que la reina mora no sabiendo qué decir, roba en pleno consejo ante el mismísimo rey cristiano una princesa. Excuso decir á ustedes que este robo levantó más polvo que el célebre de las sabinas.

Las representaciones se hacían muy largas, porque cada escena principia y acaba por un paseo triunfal, y suele mediar con el indispensable combate con espada y daga llamado el moro-moro, baile que en honor á la verdad llama la atención la agilidad con que algunos y algunas manejan la esgrima.

En una de las noches de representación se hallaba á mi lado una elegante y airosa mestiza, la misma que había costeado los trajes de la reina mora. Esta se encontraba en escena luciendo un primoroso manto bordado de oro, y á su vista no pude menos de felicitar á la dueña por su exquisito gusto.—Yo lo creo, me contestó, como que es el manto de la Magdalena.—¡¡Pero, señora, le dije con cierta gravedad, el manto de la Magdalena sobre los hombros de una mora!!—Ca, no señor, si mañana han de bautizarla.—La contestación me pareció tan razonable, y sobre todo fué dicha con tal naturalidad, que comprendí sería perder el tiempo añadir una palabra más en el asunto.

A la noche siguiente, que era la última, asistí al espectáculo, como lo había hecho las nueve anteriores, y cansado y jadeante ante tanto paso doble, tantos himnos guerreros, tanto moro-moro y tanta monotonía en el declamando nasal, que por nada varía, oí la loa final. Si llego á denunciar al Alcalde que en una de las quintillas lo habían comparado con el apóstol Santiago, y si hubiese llegado á oídos del cura, que en otros cinco que se titulaban versos, lo llamaban hermosísimo pastor, de seguro va á la cárcel el Directorcillo.

¿Y la magia? ¿Y la derramita? dirán mis lectores.