No há muchas noches que mi espíritu observador me llevó á la puerta de un establecimiento de refrescos; tomé asiento, y no bien había saboreado los primeros sorbos de una limonada, escuché el siguiente diálogo que salía de un grupo próximo adonde yo estaba.

—Vamos, D. Juan, ¿cómo van esos ensayos?

—Así, así; quise hacer el Sí de las niñas, pero razones especiales me lo han impedido; después he principiado los ensayos del Don Simón y otras zarzuelitas, para las cuales tengo encargada una caviteña que da la hora.

—Sí, ¿eh? con que una caviteña, dijo uno, y ¿quién es? replicó otro, y por supuesto, que será maestra, añadió un tercero.

—Ya lo creo, dijo el D. Juan ahuecando la voz y haciendo un gesto muy pronunciado, como que gasta botitas, canta villancicos y sabe algún que otro cundiman; verdad es que no es bonita, que no tiene accionado, que no sé si ha trabajado en toda su vida, y que habla muy incorrectamente el español; pero ¡qué demonio! tengo dama, y sobre todo, caballeros, no me lleva como la que se ha ido, cincuenta pesos por función, contentándose solo con veinticinco.

No quise oir más, dí una moneda y ni aun esperé el cambio, ¡¡¡Veinticinco pesos por gastar botitas y no hablar español!!! ¡¡¡Veinticinco pesos por noche!!! Lo que no ganaba ese gran genio de la escena, esa colosal figura de las tablas, esa encarnación del pensamiento de Shakespeare y Ventura de la Vega, joya del arte que con su muerte se llevó á la tumba el Sullivan y El hombre de mundo, obras que jamás volverán á interpretarse cual lo hacía Julián Romea.

A la turquesa á que se adaptan las anteriores reflexiones, se relacionan la generalidad de las vivientes hechuras que andan por esas calles de Dios respirando ciencia y saber.

La pícara afición á las digresiones, más de una vez nos lleva fuera de Marianas, bien es cierto que aquellas islas son parte integrante de Filipinas y escribimos á la sombra de las conchas de su capital.

Volvamos á las Marianas.

El suelo de Guajan en relación con el mundo animal, tiene una verdadera especialidad digna de llamar la atención, cual es no ser conocida ninguna clase de culebras; esto da al natural una gran seguridad en la vida de campo, como asimismo hace innecesarias en los que recorren las islas ciertas precauciones propias de los países en que se crían aquellos reptiles. La hormiga colorada y las ratas, en cambio son muy abundantes, siendo verdaderos enemigos de los productos del suelo; á pesar de esto no se crean las extravagancias y exageraciones que respecto á las ratas de Marianas se cuentan, pues la abundancia á que aludimos podrá ser un mal, mas no una calamidad de las proporciones dadas por algunos.