Los alrededores de Lucban presentan panoramas de los más bellos y agrestes que puede soñar la fantasía. El camino que dirige á Majayjay es indescriptible, y esto no somos nosotros solo quien lo decimos, sino que así lo asegura Mr. Jagor en sus Viajes por Filipinas, en los que, hablando del trayecto de Majayjay á Lucban, dice: «El camino va siguiendo hondos barrancos de bloques basálticos por la falda del Banajao. La vegetación ofrece una magnificencia indescriptible. A las tres horas de marcha se llega á Lucban, rico pueblo situado al NE. de Majayjay. La agricultura, á causa de lo accidentado del terreno, no es de gran consideración, pero hay bastante industria. Los habitantes tejen sombreros y petacas con tiras de hojas de una palma llamada burí. El agua corre en abundancia por los lados de la calle, abiertos como canales; todas están empedradas con una especie de macadán.»
Sir John Bowring, al ocuparse del mismo camino y de Lucban, dice: «El Alcalde de Tayabas vino á Majayjay para invitarnos á que pasáramos á su provincia, en donde, según nos dijo, el pueblo nos esperaba con afán, y se habían hecho varios preparativos para nuestra recepción, y quedaría muy descontento si no visitábamos Lucban. No perdimos la amable invitación, y nos metimos en los palanquines que para ello prepararon, y en verdad fuimos bien recompensados. Los caminos son torrentes muy á menudo impracticables, por las muchas rocas que arrastran las aguas; algunas veces nos vimos obligados á dejar el camino para coger otro paso peor. En algunos lugares, el barro era tan profundo, que nuestros sostenedores se metían hasta las rodillas, y solo la larga práctica y la asistencia de sus compañeros pudieron sacarles del mal paso. Pero toda dificultad se vencía con aclamaciones, con espíritu alegre y festivo, risa estrepitosa, y por una espontánea y fraternal cooperación. A nuestro alrededor todo era soledad, silencio interrumpido solo por el zumbido de la abeja y el canto de los pájaros; profundos barrancos cubiertos de árboles que nunca hacha alguna ha tocado; alturas todavía de más difícil exploración, coronadas de árboles; arroyos y torrentes que forman precipicios y caídas de agua, dirigiéndose hacia el gran receptáculo del Océano.
«Por fin llegamos á una planicie, en la cima de una montaña, en donde dos grandes literas adornadas aguardaban, y fuimos saludados por una multitud de lindas jóvenes, montadas en caballitos que manejaban con admirable agilidad. Se hallaban vestidas con los más pintorescos trajes. El Alcalde las llamaba sus amazonas, y una hermosa intérprete nos informó, en buen castellano, que habían venido á escoltarnos hasta Lucban, que se hallaba próximamente á una legua de distancia. La presencia de ellas era tan inesperada, como agradable y sorprendente. Noté que las tagalas montaban indistintamente, á uno ú otro lado del caballo. Eran excelentes jinetes, y galopaban y caracoleaban á uno y otro lado, chasqueando sus bonitos látigos. Una banda de música nos precedía, y las casas indias que pasábamos presentaban sus acostumbradas demostraciones de bienvenida. Los caminos tenían mayor número de adornos y arcos de bambúes en ambos lados. Los morteros haciendo fuego anunciaban nuestra llegada. Las amazonas usaban unos sombreros adornados con cintas y flores; todas llevaban pañuelos de piña en sus hombros, é iban vestidas con telas de fuertes colores, fabricadas en el país que aumentaban el efecto del cuadro. Tan pronto estaban delante como detrás, siendo perfectamente naturales todos los movimientos. El convento, como siempre, fué nuestro destino.»
Hemos hecho mención de los anteriores párrafos por dos razones: la primera, porque hay gran exactitud en ellos, y la segunda, porque es de lo poquito que hay escrito respecto de la provincia de Tayabas.
Tiene Lucban [4] 12.247 almas, de las que tributan 6.456, correspondiendo á 66 cabecerías. Dista de Tayabas, la cabecera, algo más de 12 kilómetros, siendo paso de la línea telegráfica que hoy concluye en Tayabas, pero que seguirá en breve hasta Albay.
De los datos que he podido adquirir resulta, que durante el año 1875 hubo 419 bautizos, 102 casamientos y 471 defunciones; fueron sorteados para el servicio de las armas 667 mozos, de los cuales se sacaron 12 soldados. Se vacunaron 386 niños y asistieron á las escuelas durante el año 2.002 de ambos sexos. Su jurisdicción comprende 152 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos ó matandáng sa-nayos. La fuerza de cuadrilleros la forman 74 hombres, y por último, como dato estadístico consignaremos que en el juzgado se sustanciaron 18 causas de otros tantos delitos cometidos dentro de la demarcación de dicho pueblo. Tiene destacamento de guardia civil, á cargo de un oficial de ejército; fuerza de carabineros y Administración de Hacienda. El ministerio parroquial está á cargo de la orden de San Francisco.
Lucban ha pasado en estos últimos años por un sin número de vicisitudes. La noche del 18 de Agosto de 1860 y la madrugada del 25 de Octubre de 1873, son dos fechas imperecederas que recordará Lucban mientras exista. En la primera fué reducido casi por completo á cenizas y en la segunda el vórtice de un tifón derrumbó la mayoría de sus edificios. Entre los que quedaron en pié—si bien con grandes deterioros—son dignos de citarse la iglesia, el convento y el tribunal. Aquel es de sólida fábrica, estando sus muros reforzados con grandes machones de piedra y ladrillo. La iglesia, lo mismo que el pueblo, está bajo la advocación de San Luís obispo, cuya fiesta se celebra con gran solemnidad el 19 de Agosto. El templo es muy espacioso; lo forma una extensa nave, un proporcionado crucero y un amplio y hermoso presbiterio. En dicho templo hay un cuadro muy digno de llamar la atención, no por su mérito artístico, que es completamente nulo, sino por la fuerza terrorífica de inventiva de su autor. El asunto está muy traído y manoseado en el arte pictórico indígena, y sin embargo de esto—y en ello está precisamente el mérito—el artista ha sabido dar alguna novedad al cuadro, que es, ni más ni menos, el infierno ¡pero qué infierno! Todos los dibujos, pinturas y grabados que hemos visto—que en verdad no son pocos—representando la muerte del pecador, asunto muy rebuscado por los indios, se quedan muy chiquitos al lado del que hemos convenido en llamar cuadro, más bien por el marco que tiene que por el fondo, fondo que lo constituye unas cuantas libras de almazarrón, delineando la más completa colección de pinchos, ruedas y garfios que hasta entonces habíamos visto. Sentimos no poder revelar el nombre del autor de aquella tienda de pimentón, pues no lo sabemos. Entre los méritos que tiene, es el ser anónimo.
En cambio del anterior, recomiendo á los aficionados á la pintura que pasen por Lucban, una Purísima que el Padre Mena tiene en el salón del convento, sacada de entre el polvo y las telarañas que ha muchos años ocultaban su mérito en la húmeda meseta de la escalera.
Según las crónicas de la orden de San Francisco, la iglesia y convento que hoy existen fueron concluidos el año 1738. El primer templo que se levantó en Lucban, según las expresadas crónicas, fué en el año 1595 por Fr. Miguel de Talavera.
Dicho templo fué arruinado en 1629, construyéndose otro más sólido, que á su vez fué presa de las llamas, consumiéndose hasta el punto que no pudo salvar el párroco más que el copón y una Purísima. ¿Sería esta imagen la misma que hoy se admira en el salón del convento? Pregunta es esta á que no han podido dar contestación las muchas horas que he dedicado á buscar la historia del cuadro.