El templo, como el convento, reclamaban en la fecha en que escribo estas líneas, una pronta reparación en el maderamen, tanto que ambos edificios estaban hechos una completa gotera.
Á más de las anteriores construcciones, es digno de citarse el tribunal, que puede competir con los mejores de su clase, y en el que el transeunte encuentra todo género de auxilios, que proporciona un mayordomo mediante los precios de tarifa que están expuestos al público. El viajero que llega á Lucban no debe preocuparse por nada teniendo dinero, pues en el tribunal halla buenas y limpias camas, magnífico servicio de mesa, elegante vajilla, fina cristalería y un cocinero municipal bastante aceptable, que cuenta no solo con los recursos de sus conocimientos culinarios, si que también con los abundantes y escogidos surtidos de Europa que guardan los escaparates de dos establecimientos. Uno de estos pertenece á una simpática é inteligente mestiza, cuya afabilidad lleva á su tienda gran número de consumidores.
La escuela es muy espaciosa, siendo de piedra su construcción. El resto de los edificios de Lucban no presentan nada de particular, viéndose algunas casas con teja y zinc, si bien la generalidad son de tabla con cubiertas de cabo negro. Por todas partes se conservan las huellas del terrible tifón del 25 de Octubre.
La proximidad á los altos picachos del Banajao y los vecinos bosques, hacen que raro sea el día que no llueva. En cuanto á su humedad, es tan constante, que estoy seguro pocos sitios habitados habrá en el mundo que acusen en los higrómetros una intensidad mayor; á pesar de esto, Lucban no es malsano, teniendo la precaución de resguardarse de el relente de la tarde, y sobre todo, dormir entre lana, con el vientre fajado, cosa que en nada atormenta, pues aun prescindiendo de la ciencia higiénica, las necesidades de la materia hacen que los que duermen en aquel pueblo busquen la manta, y no diré las mantas porque no se me tache de exagerado, por más que las he usado en los meses de Diciembre y Enero, en los que tenía mi cama con todo el servicio de las de Europa. Tuve ocasión de observar los termómetros, señalando 12° centígrados en algunas madrugadas. En Manila la temperatura fluctúa en todo el año, entre los 22° á 33°. Estas cifras señalan una grandísima desproporción, tanto más de notar, cuanto que de un punto á otro solo hay unas 22 leguas. Semejante desnivel de temperatura en tan corto espacio, solo se explica por la grandísima altura que tiene Lucban con relación á Manila y por las continuas lluvias que mantienen una latente humedad en la atmósfera, refrescada por los Nortes y purificada por las azoadas emanaciones que recogen aquellos al recorrer las elevadas y espesas frondas del Banajao. Sin embargo de tales condiciones climatológicas, altamente beneficiosas para el cultivo del campo, en dicho pueblo se dedican poco á la agricultura, verdad es, que su jurisdicción es escasa, y á más de escasa, difícil de ponerla en situación de beneficio por lo quebrado del terreno y los árboles y malezas que lo pueblan. No es agricultor, pero en cambio es artista como pueblo alguno de Filipinas. En esta ocasión, como en otras muchas de este libro, advierto á mis lectores escribo muy en serio, llevando por norma la pura verdad. Hago esta salvedad, por juzgarla muy oportuna antes de decir lo que conservo en mi memoria y en las notas de mi cartera. Lucban tiene 12.247 habitantes, que son otros tantos artistas. El oro, la plata, el acero y el hierro los manejan á la perfección. La fragua, el yunque, la lima y el cincel producen preciosas obras de joyería, útiles maquinarias, variados artefactos y primorosos objetos de colección y adorno. Incrustaciones en el hierro y el acero he visto, que francamente, hasta mis ojos dudaban que tales hombres, y sobre todo con las herramientas que empleaban, pudieran hacerlas. Los cuchillos cortos de hoja ancha, que el natural llama bolos, no tienen rival con los que se fabrican en Lucban. [5]
Con la varilla de un paraguas viejo, hacen un buril, y con este y un mal cortaplumas, tallan todo lo tallable, luciendo principalmente su habilidad en el cuerno del carabao cimarrón, haciendo objetos primorosos. Puños de armas, de bastones, de cuchillos; cajas, salacots, cucharas, tapas de libros, pequeñas estatuas, estuches, petacas y otros cientos de objetos, hacen del cuerno del carabao, que ha de ser cimarrón y no doméstico, porque la fibra del primero es más compacta que la del segundo; circunstancia fácil de explicar al tener en cuenta el constante uso que hace el carabao montaraz de sus cuernos y el poco que hace el doméstico.
A más de los anteriores trabajos, son dignas de citar, y muy en primer término, las obras femeniles. En Lucban, las niñas no juegan, pues todas trabajan: la niña limpia, estira y prepara las fibras del burí, el cabo-negro y el buntan, con las que la hermana arma, y la madre teje finísimos sombreros, petacas, salacots, guardavasos, petates, tampipis, y hasta unos pantalones, si le dan horma, tiempo y dinero, y digo esto, porque ya se ha hecho un chaleco, tejido con la fibra del burí.
Las petacas y sombreros de Lucban constituyen una industria bien conocida en Manila, y aun en España y en el extranjero. En los mismos momentos en que escribo estas líneas, tiene hecha la casa de Guichard y Compañía con un amigo mío, una gran contrata de sombreros para la exportación. A la Exposición de Filadelfia se mandaron varias clases de tejidos de fibras de diversas palmas, que de seguro llamarían la atención. La mujer que no teje, borda en oro, ó hace trabajos de abalorios, sedas, ó escamas de pescado. De estas últimas, adornadas de oro, regaló el pueblo de Lucban al general Alaminos en su visita del año de 1874, una preciosísima corona. Si queréis un retrato al pasar por Lucban, no tengáis cuidado, que lo tendréis; hay allí indios que, con solo veros una vez, os trasladarán al lienzo. Con una mala fotografía de D. Alfonso XII se ha hecho el retrato de cuerpo entero que ostenta el tribunal de Mauban.
En cuanto á la música, nada tengo que decir á mis lectores, pues en muchas provincias, incluso en Manila, conocen la de Lucban, la cual tendrá muy pocas en todo Filipinas que puedan rivalizar con ella, A más de la música fuerte, había,—pues hoy ya no existe—una orquesta del sexo débil, que concluyó por casarse la mayor parte de las artistas. En conclusión, para que todos sean artistas en Lucban diré á ustedes que mi querido amigo Fr. Samuel Mena, su cura párroco, es entre otras cosas buenas, un excelente músico, y vean mis lectores cómo rodando rodando, hemos vuelto adonde partimos. Llegamos al convento, y ahora tropezamos con el párroco, quien nos brindó con una franca y cordial hospitalidad, que aceptamos gustosos, alojándonos en una espaciosa habitación con vistas al Banajao.
El convento, enclavado en uno de los extremos del pueblo, presenta en su maciza y negruzca fábrica, un aspecto triste y sombrío. La piedra tapizada de musgo y cubierta con la viscosidad que forma el continuo azotar de las aguas, le dan un todo imponente y majestuoso, que hace recordar los viejos sillares de los antiguos castillos descritos en legendarios romances.
El que cruza de noche el amplio pretil que se extiende frente á la puerta del convento, insensiblemente acelera el paso. La masa negra que forma el frontispicio de la iglesia, destacándose bajo un cielo siempre cubierto de nubes; la opaca lamparilla que perezosamente chisporrotea en el hueco del muro, alumbrando, ó mejor dicho, queriendo alumbrar, la imagen de San Luís, patrón del pueblo, y más que todo el monótono y pertinaz llover, forman un cuadro altamente medroso. La campana que á las ocho nos recuerda á los que fueron, tiene un eco tristísimo, efecto sin duda de alguna rotura en el bronce.