Todo el silencio que rodea al templo durante las horas de las sombras, se convierte en alegre bullicio tan luego aquellas desaparecen. Pocos pueblos del mundo habrá que tengan tantas cofradías, hermandades y archicofradías religiosas, así que la iglesia es constantemente visitada por gran número de fieles de ambos sexos, que preparan y disponen las fiestas que unas á otras se suceden durante todo el año, siendo entre todas de notar, la que celebran las dalagas en el mes de Mayo. Las combinaciones de flores con que adornan el altar, la precisión de detalles, la potente facultad inventiva para sustituir y apropiar cuanto hace falta, es admirable. Del tronco del plátano construyen ingeniosas armaduras para gigantescos candelabros, que primorosamente revisten de follaje, haciendo con las hojas de la sampaguita, el ilang-ilang, la sampaca y las doradas campanillas, artísticas combinaciones. La fiesta de las flores corre á cargo de la cofradía titulada La guarda de honor de María, formada por el sexo femenino, sin exclusión de estados ni edades. Como distintivo, llevan las cofrades una medalla de plata pendiente de una cinta azul. La guarda de María está perfectamente organizada, constituyendo la base de la asociación, la adoración perpetua á la Virgen, para lo que la hermana mayor distribuye las horas del día y de la noche de tal forma y con tal precisión, que constantemente hay tres hermanas en oración. Los rezos se verifican en las casas, á cuyo efecto con la debida anticipación se señala el día y hora en que cada hermana debe hacerlos. Como esta asociación no obedece á presión alguna, y si solo á un acto puramente espontáneo, excuso decir á mis lectores que todas las hermanas sin excepción de clases, cumplen al pie de la letra su misión.

La guarda de María, durante algunos días de la cuaresma y Semana Santa, acude en romería á una pintoresca montaña llamada el Calvario, en la que se alza una tosca cruz de madera. La ofrenda á María que hacen las dalaguitas al terminarse el último novenario del mes de Mayo, es digna de verse por todos conceptos. En aquel día se recarga el templo de flores y follaje, suspendiéndose de la bóveda un colosal rosario de verdura, el cual baja desde el centro de la nave formando pabellones y rematando en el comedio del presbiterio, con una gran cruz de flores. Termina la fiesta por ofrecer y depositar las dalagas á los pies de la Virgen las blancas coronas con que van engalanadas. He visto más de una dalaga en ese día, vestida de una forma irreprochable, y en cuyo conjunto nada tendría que recusar la más puritana de las modistas. El traje que se usa para la ofrenda es el de la desposada, viéndose en ellas desde la primorosa botita de raso blanco llevada del Bazar Oriental, á el más transparente encaje de casa de Los Catalanes.

Las dalagas de Lucban imprimen un sello especial y sui generis á todas sus fiestas, bien sean de carácter religioso, bien puramente mundano. La lucbanense no prescinde por nada ni por nadie del rango social que ocupa, pues es de advertir que en dicho pueblo las mujeres están divididas en tres clases: La primera, ó sea la taga-bayan, la constituye la sangre azul, ó como si dijéramos la aristocracia. A las taga-bayan las veréis siempre en carácter. Sus distintivos son: hablar más ó menos el español, calzar botitos en las grandes solemnidades; medias, con bordadas chinelas en las medias fiestas, y pié desnudo resguardado por pintado zueco, en lo ordinario; viste estrecho tapiz, con la abertura atrás, permitiéndose algunas veces, saya suelta, la que invariablemente es de seda, completando su atavío, ternos más ó menos costosos y piñas más ó menos bordadas. En la iglesia se arrodilla siempre próxima al presbiterio, y jamás se ha visto á una taga-bayan sin su correspondiente devocionario y su rosario de coral, plata ó nácar. Casi todas han estado en colegio, saben leer, escribir y bordar, un poquito de música, y hasta algunas se permiten rimar un cundiman, dedicado á alguna amiga, el día de su santo.

El distintivo culminante en la taga-bayan, es el orgullo con que llevan y mantienen su jerarquía. Una intrusión de una dalaga de segunda, ó tercera clase, en las fronteras de la sangre celeste, produciría una verdadera revolución femenina.

La segunda jerarquía, la constituye la taga-tabi, la que generalmente vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas, si bien sin confundirse con ellas, no habla español, no calza botitos por más tieso que repiquen, y no conoce el colegio, más que por las relaciones que oye de la taga-bayan cuando la permite que se acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sueños de una taga-tabi, es poder llegar al rango de las taga-bayan, á cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su suerte á la de algún viejo capitán pasado, ó cabeza reformado, cuyas jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado taga-bayan.

La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada taga-linang, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran á una taga-bayan con la misma admiración con que contempla un hijo del Corán el último rayo del sol poniente.

La taga-bayan tiene el orgullo de la antigua señora feudal, que desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la capitana babae, ó sea la Reina de las taga-bayan, guapa mestiza china, de labios muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas, y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida, no pude menos de observarlo á uno de los que me acompañaban, quien me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que más tarde tuve ocasión de comprobar.

—¿Le gusta á V.?—me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel, comerciante radicado hacía años en Lucban, viendo la profunda atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano por la mestiza.

—No sé qué decir á V.,—contesté—la estatua es correcta; pero el espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.

—Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha, pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.