SECTION I

¡Qué triste es un día sin sol!

Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.

¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!

La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.

Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.

El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el Ángelus que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.

En el misterioso archivo de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.

El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.

Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.