Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen.

La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!—dije por último tirando la cartera sobre la mesa—sea de ello lo que quiera, es lo cierto que Ratelán, [6] á quien cariñosamente saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.

—Ratelán tiene razón—dije distraído en voz alta.

La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.—¿Lo poetiza?—¿Sí ó no?—le dije en tono de buen humor á mi buen Quico, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que Grimeau y más fiel que un perro de Terranova.

Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo—no entiendo, señor.

—Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en puro querer á un hombre.

—Puede más, señor.

—¡Caramba! Puede más.

—Seguro, más.

—¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí—y le señalé los picachos del vecino Banajao—que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?