Una vez reunidos deudos y amigos, empieza el panalañgin ó sea el canto de la pasión, que dura toda la noche con gran contentamiento del estómago, al que se da lastre y refuerzo tras cada estrofa.
Entre cabezadas, esperezos y cánticos roncos y destemplados, viene el día, y con él el carro ó angarillas que ha de conducir al cadáver á la iglesia y de aquí al lugar del eterno reposo.
Todos los parientes acompañan al cadáver, conociéndose aquellos por una especie de frac de percalina engomada color garbanzo, de faldones muy largos, llamados sayos, que visten los hombres, y un manto, generalmente de raso, conocido con el nombre de inuac, con el que se cubren las mujeres.
El indio, bajo el punto de vista del sentimiento, ó es niño ó es viejo, lo que viene á ser sinónimo, de aquí lo difícil de definirlo. Tiene la volubilidad, la indiferencia, y los momentáneos caprichos del niño: como este odia y ama, como este quiere y olvida, sucediéndose en los impenetrables misterios de su espíritu, las más fuertes impresiones, sin dejar el dolor la más ligera huella, ni el placer el más mínimo recuerdo. Todas las cosas posibles la envuelve en su lacónico aco ang bahala, como todos los hechos consumados, los acepta en su filosófico talagá nang Dios.
Pronunciando el aco ang bahala, emprende todos los actos de su vida; y murmurando el talagá nang Dios, arroja el primer puñado de tierra sobre los últimos restos de la que le dió el sér, ó sigue con estóico indiferentismo el féretro del fruto de sus amores, sin que jamás se le ocurra protestar ni con la lengua ni con los ademanes de su profunda y filosófica frase.
Si la ciencia no hubiera ya convenido que las canas son, en la generalidad de los casos, consecuencia de la fijeza de los grandes dolores morales, nos convenceríamos de ello en este país. La casi carencia en el indio de esas prematuras y plateadas hebras, recuerdo de otras tantas lágrimas, prueba, que en su mente hay una gran fuerza de conformidad, que la mayor parte de las veces lo conduce al indiferentismo. ¿Será esto producto de una inquebrantable y poderosa fe, ó derivación de su temperamento? ¡Arcano insondable que solo Dios lo sabe, mas es lo cierto, que felices ellos mil veces que á la vista de una gran desgracia se quedan dormidos murmurando su concluyente y consolador talagá nang Dios, no conociendo las interminables noches de insomnios, en que se lucha con un insistente y doloroso recuerdo!
Haciendo estas reflexiones, llegamos al cementerio de Tayabas.
Aquella mansión de olvido y descanso, está rodeada de una gran exuberancia de vida. El murmurio del río que rompe entre guijas al pié de uno de sus muros; los esbeltos penachos de las flexibles cañas que los coronan, y los hermosos plumajes de las oropéndolas y solitarios que se posan en su parduzca y viscosa argamasa, constituyen una amarga verdad que enseña á los que vuelven cuán cerca está la vida de la muerte.
En uno de los lados del cementerio se alza una espaciosa y sólida capilla, en la que de poco tiempo á esta parte se ha principiado á formar esa fúnebre anaquelería invento de la pobre humanidad, que sin duda cree que un cajón de ladrillo elevado á tres cuartas del suelo es mejor lecho para dormir el sueño eterno, que el hoyo abierto en la madre tierra.
En el amplio y extenso patio, no vimos ni un mausoleo, ni un monumento, ni una lápida, ni una fecha, ni una inicial, ni nada que recordase un nombre. ¡Hierbas y musgos por doquier!… ¡Eterno olvido!