Después de una larga discusión en que se oyeron varias opiniones respecto á las mareas,—circunstancia muy de tener en cuenta antes de embarcarse en Pagbilao,—se convino en que saliendo á la madrugada, encontraríamos agua bastante para el calado de nuestros botes, en el seno y bajo de Talusan.

Podríamos salvar este bajo, mas para ello, era preciso alejarse de la costa y navegar por fuera de las islas de Patayan y Capuloan, lo que no convenía á nuestros cálculos, no solo por el tiempo que habíamos de perder tomando tanta altura, sino también por lo inseguro de nuestras pequeñas embarcaciones.

Recomiendo á los que tengan que costear los senos de Tayabas, cuenten con las mareas antes de que se empuñen los remos, pues es muy fácil queden encallados entre medréporas y arenas si no aprecian debidamente las subidas y bajadas de las aguas.

A la madrugada, como dejamos dicho, embarcamos en un ligero y espacioso bote, propiedad de un honrado y laborioso comerciante, radicado en Calilayan, que galantemente nos lo había mandado. Acto seguido cayeron en las aguas del río de Pagbilao las seis palas de los remos. Con la ayuda de estos, navegamos durante unos veinte minutos por aquel caudaloso río embovedado de verdes ramajes, A la banda de babor, y en las cercanías del desagüe del estero de Tabangay, se alza un antiguo torreón, en el que se conserva un castellano llamado á vigilar aquella parte del Estrecho, en el que entramos siguiendo el canal del río.

Una vez tomada la competente altura, navegamos entre la costa de Pagbilao que teníamos á estribor, y la islita de Patayan que cual un canastillo de verdura se nos mostraba á babor.

En la playa de Patayan llamó nuestra atención una solitaria y alegre casita que se divisaba entre un grupo de cocos. Preguntamos y nos dijeron que en aquella vivía hacía algunos años, un lazarino llamado Simón, quien no sale del recinto de la isla y á quien sus parientes llevan semanalmente los alimentos, dejándoselos en la playa. Dicho lazarino, siempre que se le proponía el mandarlo á un establecimiento piadoso, rompía en lágrimas rogando no se le sacase de aquellas soledades para él tan queridas.

Dejando la bocana del Maruhi—en la que se ven las ruinas de un castillejo,—nos pusimos á la altura de la isla de Capuloan teniendo siempre á estribor la costa. Aquella isla la divide el arenal de Tulay-buhangin, cuyo arenal lo cubren las altas mareas formando un canal que une á Capuloan con Lipata, islas que al bajar las aguas se confunden en una.

Entre aquellas y la costa, se encuentra el bajo madrepórico del
Talusan y los descarnados peñascos llamados San Juan y Taliban.

Frente á aquellas islas desaguan el Parsabangon,—cuyo río tiene un vadeo por el que pasa el correo de Pagbilao á la contracosta,—el Binajan, el Malicbing, el Palaspas, y el Hinguibin, cuyas bocanas muestran al viajero las ruinas de los antiguos castillejos que las defendieron contra las piraterías moras.

Al doblar el recodo del Hinguibin se entra en la resguardada concha de Laguimanoc,—en la que avanzan cual dos vigilantes centinelas las acantiladas y tajadas rocas Bagobinas. Estas se llamaron antiguamente Lauig y Manoc, palabras tagalas que significan aguilucho y gallo. Al crearse barrio en aquella ensenada, unieron las dos palabras formando la de Laguimanoc, adonde atracamos á las dos horas de nuestra salida de la barra de Pagbilao.