En las corroídas masas de hierro del castillo y en los gallardetes que ondean en los barcos que de continuo hacen carga en la ensenada de Calilayan, se ve la síntesis de dos civilizaciones; la primera está escrita á la rojiza tea de la morisma, la segunda registra sus anales en las serenas y tranquilas regiones del trabajo. La piratería quedó encerrada para siempre en los últimos picachos que sombrean las candentes arenas del Archipiélago de Joló, pudiéndose entregar con toda tranquilidad á sus habituales faenas los pueblos playeros que bordan el Estrecho de San Bernardino.
Calilayan es un centro maderero de gran importancia, y en su localidad hay inteligentes maestros y fuertes y robustos hacheros, que dan al comercio, con su duro trabajo, muchísimos miles de pies cúbicos de riquísimas maderas. En este pueblo hay establecidos algunos españoles dedicados exclusivamente á construir barcos y exportar maderas. Entre los constructores está nuestro querido amigo D. José Barco, cuya hospitalidad nos ofreció y gustosos aceptamos.
El 10, muy de madrugada, emprendimos rumbo á Pitogo. Entre este pueblo y Calilayan se encuentra el temido bajo de Salincapo, y en uno de los senos que abre la costa se halla el barrio de Cabulihan, dependiente de Gumaca; rico pueblo que encontraremos en las playas del Pacífico.
A las tres horas de navegación, aprovechando seis bogas, atracamos en el rústico embarcadero de Pitogo. Este pueblecito se halla situado en una prominencia que domina un extenso y limpio horizonte. Las casas ocupan la estribación de la montaña, esparciéndose hasta la misma playa. Entre esta y las cúspides de la prominencia, se levantan el Tribunal, la iglesia y el convento. El primero y el último, son edificios sólidos y espaciosos; en cuanto á la iglesia estaba reconstruyéndose. Un sólido castillo, hoy rodeado de malezas, estuvo llamado en otro tiempo á defender al pueblo contra los desembarcos de los piratas joloanos. Dicho castillo se encuentra á un tiro de fusil del Tribunal.
En los ríos y mangles que rodean á Pitogo, viven caimanes de extraordinarias proporciones. La cacería del caimán—ó sea la buaya, como le llama el indio—la verifican de una forma muy cómoda y sencilla. Cuelgan de las ramas del mangle un poderoso anzuelo revestido de un buen pedazo de carroña, que se mantiene á flor de agua; de la argolla del anzuelo, parte, á más del cabo que lo sostiene, una extensa y gruesa mata de abacá, cuyos hilos rematan en tres ó cuatro cañas muy largas que fuertemente anudan. En lo alto del mangle, atan un perro, cuyos ladridos bien pronto atraen al caimán; este, tan luego se halla dentro de las fuertes emanaciones de la carroña, fija en ella su voracidad, hundiéndose en el interior de su descomunal boca, las afiladas barras del anzuelo. Este es corto, de modo, que al hacer presa el caimán y cerrar la boca tropiezan sus poderosos colmillos en la mazorca de abacá, cuyas sueltas hebras se le introducen en la unión de aquellos, haciendo imposible su rotura; en tal estado, el animal se enfurece, hace esfuerzos supremos y rompe la cuerda que sostenía del mangle el anzuelo; mas esto le es imposible hacer con la suelta madeja. Tan luego se pone el caimán en movimiento, entran en juego las cañas; y si anda, malo, y si nada, peor, puesto que, la condición fibrosa de la caña hace imposible su rotura, y en la faena que el carnicero lagarto emplea para desprenderse de aquel enemigo, concluye por rendirle el cansancio y la fatiga.
Pitogo, con su antigua visita de Calilayan, formaban 21 cabecerías, á que correspondían 3.719 almas, tributando de ellas 2.006; hubo el año 1875, 200 defunciones, 39 casamientos y 194 bautizos. Se sortearon 173 mozos, de los que se sacaron 2 soldados; se vacunaron 325; asistieron á las escuelas 40. Se registraron 2 causas criminales, y se contaron para el resguardo del pueblo, y de su visita, 16 cuadrilleros, llamados á vigilar los 17 barrios que componían la jurisdicción.
En la tarde, verificó el Alcalde las quintas y elecciones. Por la noche hubo su indispensable bailujan, en el que, hizo los honores con gran desenvoltura una agraciada mestiza, llamada María, si bien ella respondía siempre por el nombre de Angue. De la conversación que tuve con Angue, deduje el estado primitivo de su espíritu. En un rasgo de verdadero orgullo hacia Pitogo y después de haberme hecho notar con infantil insistencia, los faroles de colores, los abullonados coquillos, las sayas de las dalagas, los exiguos instrumentos de la orquesta, y las gruesas y amarillas cuentas de un collar de ámbar, que descansaba en su amplio pecho, me preguntó con una alegre sonrisa si en España había bailes mejores que aquel. Bien valía aquella pregunta una inocente mentirilla, así que la contesté con un negativo monosílabo, con el que se quedó la buena de Angue en la firme creencia de que en toda la redondez de la tierra no había mas collares que el suyo, ni más faroles de colores que los de su pueblo.
A las doce de la noche terminó el baile y cada cual tomó el petate.
Pensando en la cara que pondría Angue al trasladarla de repente al
Teatro Real en una noche de baile, cerré los ojos y me quedé dormido.
Muy de madrugada nos embarcamos en los botes, salvando en tres cuartos de hora el trayecto que media entre Pitogo y Macalelong.