Este solo cuadro de costumbres, podría llenar un libro. El tapatan nang pasion por sí solo, da origen á una serie de reflexiones y observaciones que ocuparían muchas cuartillas.
El sábado de gloria es animadísimo el ver por las calles de los pueblos de la provincia de Tayabas, á chicos, grandes y mujeres. Todos van provistos de bombones en que rebosa la sangre de cerdo, ó la espuma del coquillo, y ninguno deja de llevar tremendos tasajos de todas las carnes comibles, conocidas en la localidad. A paso largo se dirigen á sus respectivas sementeras, y á buen seguro que prueben un solo bocado de carne hasta que la altura de la luna, ó el canto del gallo anuncie haber mediado la noche.
El nacimiento del domingo de gloria, tiene por mantillas cientos de pieles de otros tantos pobres animales inmolados ante el ara de miles de famélicos dientes, que por espacio de cuarenta días han estado soñando con carne.
Los tres días de Pascua los celebran con el nombre del pascuhan.
Para cerrar este capítulo y hacer comprender el espíritu bullanguero y alegre del tayabense, voy á recordar cómo conocí una de sus fiestas.
Una tarde, que solitario, mustio y pensativo paseaba por la calle del Bambán, llamó mi atención un alegre grupo acompañado de la música, que con gran algazara traía la misma dirección en que yo marchaba. Acorté el paso, levanté los ojos de las espumosas aguas que corren aprisionadas en el bambán, y la curiosidad hizo me fijara en el grupo, llamando mi atención una bandeja llevada en manos de una dalaga. Los seguí, y al ver entraban en una casa, interrogué á uno de los acompañantes quien me dijo iban á tener un hatiran. No comprendiendo la cosa, me entré con ellos y vi que la bandeja contenía un pañuelo rodeado de sampaguitas, campanillas y calachuches. Pregunté, y me dijeron que aquel pañuelo lo había perdido la dueña de la casa, y una vez encontrado y averiguado de quién era, se lo iban á devolver, no sin antes pagar el hallazgo con la fiesta conocida con el nombre ya dicho.
Después de leer estas páginas, y hacer presente á mis lectores que el indio jamás se aburre en sus fiestas, y que asiste á ellas con todo el júbilo infantil de un colegial en día de asueto, no puedo menos de recordar la pregunta que ya queda hecha. ¿Es, ó no, feliz Ambrosio?
CHAPTER XXII
CAPÍTULO XXII.
La provincia de Tayabas á principios del presente siglo.