Café, cacao, lumban, bongas y trigo se cosechan en bastante cantidad. Resinas y caldos se extraen de valiosa calidad, siendo inmejorables las ceras, las breas y los aguardientes de coco y de nipa.

Al hablar de Lucban ya dimos á conocer el arte y la industria de aquel pueblo.

En minas son de citar: la de carbón, sita en el término de Gumaca, á la confluencia del río Carlati; la de cobre, en el sitio de Lambo-lambo, jurisdicción de Calilayan; la de oro y cobre, registrada en Colon-colon, termino de Atimonan; la de carbón, en los montes de Ayquirín; la de oro en Sangirín; la de carbón de isla Pulon y la de este último mineral del barrio de Bocboc, orilla del río de Pitogo, divisoria y término de Gumaca.

A grandes rasgos ya hemos visto lo que es materialmente hablando la provincia; digamos algo en general de la moral de sus habitantes.

El tayabense tiene orgullo en decir ha nacido en aquella provincia, y lo tiene más por la circunscripción que rodea la pila bautismal que le dió nombre.

Las imágenes que guardan en el hogar, en áureas urnas ó trasparentes fanales, las defenderían en un momento de peligro, con la misma bravura que los romanos defendían sus dioses penates.

Para el tayabense no hay más cielo, más suelo, ni más techo que el suyo. Intentar la más pequeña intrusión en su provincialismo y lo veréis agruparse y fundirse en su idea marchando á su objeto, cueste lo que cueste, y caiga el que cayere. Ni el tiempo, ni el arraigo, ni los lazos del parentesco, ni los del amor dan carta de naturaleza en Tayabas. Para ser tayabense es preciso haber nacido allí, y todos los que no estén en ese caso son conceptuados como extranjeros. Esto que hemos tenido ocasión de observarlo muchas veces, cuando más se acentúa es al aproximarse las elecciones municipales. Desgraciado del que intente ocupar un puesto en la principalía, si no tiene registrada su partida de bautismo en la iglesia del pueblo, y la fosa de sus mayores en su cementerio. Ya podrá ser honrado, rico y hasta casado con tayabense que no le bastará para librarse de la cruzada que ha de levantarse contra él … En esta cuestión el tayabense no prescinde por nada, ni por nadie, y sacrifica si es preciso la honra, la familia y la gratitud.

Esto que pasa en el municipio aumenta en el seno del hogar. Una dalaga que tenga la desgracia—pues de tal debe calificarse,—de aceptar amores con uno que no sea su paisano, tiene que sufrir todo género de tormentos para llegar á realizar su enlace. La raza tayabense es en el Oriente, la guardadora de las tradiciones jitanas. El jitano no se casa sino con jitana, lo mismo que el tayabense no lo hace, salvas pocas excepciones, si no con tayabense.

Las sangrientas conmociones que registra la historia de Tayabas, no obedecen á otro móvil que al religioso culto que rinden á lo suyo.

Todo lo que tiene el tayabense de díscolo, tiene de humilde y obediente, acudiendo á cualquier llamamiento que se haga á sus sentimientos, sabiéndolo llevar. La provincia de Tayabas es la más fácil y difícil de gobernar. En los tres años que allí permanecimos se acudió á ella dos veces; en la una la caridad la pidió una limosna; en la otra, la patria la demandó un auxilio, y en ambas—no quisiéramos equivocarnos,—pero nos parece que computando su población con la de las otras provincias, fué á la cabeza de todas.