Para terminar y como apuntes curiosos, extractaremos de diversos manuscritos que tenemos á la vista, algunos de los usos y costumbres que en lo antiguo tenían los indios de Tayabas.
El indio de aquella provincia, pertenece á la raza pura tagala—palabra que quiere decir hombre de río.
Los casamientos—dicen los manuscritos que consultamos,—se hacen según el ritual romano, pero en los preparativos hay muchas particularidades dignas de notarse. Para casarse no se piensa comunmente en procurarse lo necesario para mantener la casa y los hijos, en contando lo suficiente para la boda, que es muy poco, si no se tiene convite, se casan los tagalos sin más pensar en lo que han de comer al día siguiente del matrimonio. Los padres mismos de los novios no suelen pensar en esto, porque dicen que Dios cuidado; pero nunca dispensan los padres de las novias el que se les sirva tres, cuatro ó más años por su hija, y el que se ha de casar con ella tiene obligación de asistirlos todo ese tiempo con su servicio corporal y remediarlos en sus necesidades, regalarlos en ciertos días, y llevar de comer á la gente que les trabaja la sementera. Esta intimidad tiene sus inconvenientes y no faltan hombres que después de estar en cinta su novia la dejan burlada. Los padres saben estos casos, pero todo lo vence la codicia. Es verdad que una mujer á quien ha sucedido esto no pierde tanto como en España, ni le suele faltar pretendiente. Entre la gente rica se acostumbra á dotar á la mujer por quien ha de ser su marido. Las dotes son de dos maneras: la una se llama bigay-suso, que es lo que se da á la madre por haber dado los pechos á la hija; la otra se llama bigay-caya, que se destina para que los novios se mantengan después de casados, aunque á veces se gasta casi todo en la boda. Más se recibe esta dote por vanidad que por juzgarla necesaria para después del casamiento, y así la novia á quien se señala mayor dote, se la tiene por de mayor suposición porque se compró más cara. La edad en que se casan los tagalos es para las mujeres de 12 á 15 años, y para los hombres de 14 á 17.
Los entierros se hacen en la iglesia ó en el cementerio según el ritual romano, con la pompa correspondiente. Antes del entierro se juntan todos los parientes del difunto, y no cesan de llorar y relatar su vida hasta que lo llevan á enterrar. Al cuarto día del entierro se juntan otra vez en la misma casa cantan el rosario, y suelen pasar allí toda la noche. En su infidelidad dejaban ese día un asiento desocupado en la mesa, y creían que lo ocupaba el difunto; y para persuadirse de ello, esparcían ceniza por la casa, en la que, al día siguiente hallaban impresas sus pisadas.
Son muchos los abusos, ó como ellos dicen, los ugales, que tienen los tagalos; los primeros están basados en la creencia de los nonos; con dichos genios ó nonos, ejecutan los indios muchas y muy frecuentes idolatrías; cuando quieren coger alguna flor ó fruta del árbol, le piden licencia al nono para poderla tomar; cuando pasan por algunas sementeras, ríos, esteros, bosques y cañaverales, piden licencia y buen pasaje á los genios que en ellos habitan. Cuando son obligados á cortar algún árbol viejo ó á no guardar las prácticas y ceremonias que ellos imaginan ser del agrado de los nonos, se excusan con ellos diciendo tres veces en alta voz que el padre se lo mandó, y que no es voluntad suya, faltar á sus respetos. Cuando caen enfermos, les piden salud y les ofrecen comidas, las que consumen en las sementeras y á la sombra del árbol llamado calumpang. Creen que las almas de los muertos vuelven á su casa al tercer día de su entierro, para visitar á la gente de ellas ó asistir á la ceremonia del tibao, que se reduce á tender un petate en el que esparcen ceniza, rodeando aquel de candelas amarillas. A la puerta de la casa ponen una fuente de agua perfumada, para que cuando vaya el alma á acostarse pueda lavarse.
El ticbálang, es uno de los fantasmas á quien acuden para pedirle cosas prodigiosas. Al patianac atribuyen el mal suceso de los partos, y dicen que para dañarlos y echarlos á perder, se colocan cerca de la casa y allí cantan á manera de los que van bogando. Para impedir el daño del patianac, se sitúan armados en los caballetes y alrededores de la casa, y dan tajos á derecha é izquierda y fuertes voces para ahuyentar al mal genio. También atribuyen al patianac la muerte de los niños: dicen que el pájaro llamado tictic, es el que enseña al patianac la casa donde hay un recien nacido: con este aviso el fantasma se coloca en un tejado inmediato, y desde allí alarga la lengua en forma de hilo hasta el vientre del niño, sacándole las tripas.
Cuando se eclipsa la luna arman los tagalos gran ruido, con el que dicen la defienden de la lucha que tiene con el dragón. Creen en amuletos para que no les toquen las balas, y para librarse de otros peligros. Aquellos consisten en libritos que contienen períodos en latín y en español completamente ininteligibles; piedras que hallan en los cuerpos de los animales; granos de fruta petrificada; huesos de esqueletos de niños y dientes de rata, de culebra y de caimán. La creencia en los amuletos data de mucho antes de la conquista, conociéndolos con el nombre de aguimat.
Los indios tagalos forman melancólicos discursos, si la lechuza canta; tienen como buenos augurios el encontrar una culebra en la casa ó en el barco. Algunos creen en las hierbas amatorias.
Estas y otras muchas falsas creencias, de las que aún quedan algunas reminiscencias, poco á poco las va desterrando la vívida luz del Evangelio y la civilización.
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