TEDIO
Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de los que no trabajan.
La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.
¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos hastían y nos hartan?
El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios pueriles.
Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto.
Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo está su figura. ¡Y cómo ha de estar!
—Pero si te queda muy bien,—afirma un papanatas que no se resuelve a entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado.
¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.
Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando una apoplegía.