Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.

¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres?

¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos, que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan?

¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un vaso de vermouth!

Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del sol.

La naturaleza nos reconcilia con la vida.


LA TRISTEZA

Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra, que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el lama sabactani. Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.