He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas, las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que parece que algo está ocurriendo, misterioso, invisible. Es cuando se han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada, en medio del infinito devenir.
Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside, más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre. Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada, de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos a veces en los seres y en las cosas.
La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica.
AMOR DE ARAÑAS
En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón; la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad voluntaria y consciente.
En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima, porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio. En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado, maté las hormigas con agua hirviendo.
Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco, en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno, después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el número.
No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los araños. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón, un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de escamas de plata.