Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y, teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día, mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche. Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con la tenacidad propia de los enamorados.

¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado. Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas.


EL SAPO

El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a la calle, ante la puerta de una casa.

Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros, asimilado a las piedras pardas.

Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato arrojado al basural.

A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.

¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas, revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico!