En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo.
En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y vivaz. En seguida fué al tubo.
En esta época,—fin del otoño—la mayor parte de los insectos han muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos, encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales, son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple, bulliciosa, policroma.
El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores, desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y crespa, como un festón de encajes.
BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS
Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición, el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de observación original, individual de sus alumnos.
Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no sin ironía, la comodidad del profesor.
"Amigos míos—objetó éste:—no es preciso trepar al cerro para hallar bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso. Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle, previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida microscópica. Pues la vida macroscópica no es menos abundante en la avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas; las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su exposición exigiría el concurso de muchas ciencias.