Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números. Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las concepciones más abstractas".

Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio. Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna que emergía del centro de la fuente.

Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las narices con sus manos metálicas.

Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce zumo de la pequeña isla alimenticia.

En seguida noté, entre los pies de los ángeles, una multitud de sapitos nuevos. Además, en el agua, flotaban cadáveres de otros sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos.

En el agua, no había ningún sapito vivo.

Después de un rato de contemplación, el profesor ordenó silencio a sus discípulos, y, al rayo del sol, les dió una lección de biología. Los muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con interés.

"He aquí, amigos míos—dijo—una maravillosa oportunidad de aplicar la inteligencia a la explicación de los hechos.

He aquí, que acabo, tal vez, de descubrir el porqué del paso de los peces a los anfibios, en la evolución de las especies.

Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas. En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado más pronto que otros. Se ven aquí batracios en todos los grados de desarrollo, desde el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por branquias hasta que respiran por pulmones.