Viniendo a un punto de vista más general; no existe solución de continuidad en la materia viva, desde la mónera que aparece en el limo del océano pre-geológico, hasta las especies que pueblan en la actualidad la tierra. Negarlo supone aceptar creaciones particulares de todas las especies, en cada época.
Ahora bien. Pensando en la muerte con datos así, objetivos, sin recurrir a los conceptos absolutos creados por la imaginación, se ilumina de pronto la mente con la esperanza de una inmortalidad menos egoísta.
Pongamos nuestra fe en la ciencia.
Ella nos dice que durante algunos siglos todavía estaremos condenados a morir; pero somos inmortales como partículas orgánicas de la especie, puesto que las generaciones venideras, perfeccionadas de continuo en su mecanismo de pensar, por el esfuerzo adaptativo de las que las precedieron, irán acumulando el aprendizaje de la experiencia, para alcanzar acaso el ideal de los ideales: la existencia infinita, individual y específica del hombre.
Como si la muerte durante siglos fuese nuestro tributo a la inmortalidad futura, la naturaleza, al perfeccionar su mejor instrumento, el hombre, le ha hecho quizá el más endeble y el más delicado de los seres.
No en vano la eternidad es la obsesión de todos los tiempos. El hombre tiende al azul desde que aprendió a pensar. Interroga siempre al gran enigma infinito suspendido sobre su cabeza.
Obstinado, aborda su problema.
Ante el microscopio y ante el telescopio; ante el animal y la planta; ante el microbio y el astro; ante el mineral y el flúido intangible; junto a las máquinas, junto a los crisoles, junto a las retortas; sobre los libros, sobre los terrenos, sobre los aires, sobre los mares, en todos sentidos y en todas direcciones, escarba en lo desconocido, con un apetito insaciable de más allá, que es ansia de lo eterno, su parte de Verdad, de Belleza y de Bien.
¿Perecerá la civilización sin que algún ser humano haya transpuesto los límites de la atmósfera?
¿Será inacabable el misterio?