La inteligencia, la ciencia, el progreso, todo lo noble y todo lo grande que vamos alcanzando, a trueque de sacrificio y de dolor, ¿no pesará nada en la balanza del devenir?
¿Todo eso no será más que combinaciones peregrinas del azar, efímero aleteo, ensueño quimérico de algo perdurable, de algo absoluto?
¿Llegará día en que ninguna pupila humana pueda escrutar la sombra?
La naturaleza parece responder: "Hombre, ¿vale más tu inteligencia complicada, sutil, poderosa, rápida, vale más que una hormiga o una flor? Eres una onda del río que va desde lo que no tiene principio hacia lo que no tiene fin. Envanécete. Sin embargo, para mí que soy la energía ciega, la casualidad indiferente, no hay bueno ni malo, fácil ni difícil, mejor ni peor; pues a mí no me cuesta trabajo el cerebro de Newton que el vuelo de los astros".
Y yo he soñado con una humanidad más perfecta, más buena y más sabia, remontándose por medios mecánicos a los espacios estelares.
La ciencia vencerá a la muerte.
Siendo infinita la duración de la vida, no habrá porqué desdeñar un viaje de siglos por el universo.
Magnífico espectáculo el del hombre atravesando los espacios interplanetarios en expresos más veloces que la luz.
La conquista del infinito será precedida de una agitación jubilosa como la que anuncia el vuelo de las colmenas.
Abandonando su viejo casco, libador de la eterna belleza, el hombre remontará su vuelo por aquel jardín que tiene por flores las estrellas.