PEDRO. El compromiso queda evitado, si hacemos que huya en el instante.

MARTÍN. Hagámoslo.
—Págueme Dios el esfuerzo
que me cuesta no vengarme. 65
Disponed.

PEDRO. Con un pretexto llevad los moros de aquí: de vos harán caso.

MARTÍN. Creo que sí.

PEDRO. Lo demás es fácil. Puesta ya en salvo, diremos 70 que ella huyó por sí.

MARTÍN. Voy pues, y ya que la mano tiendo al uno de los autores de mi desventura, quiero dársela también al otro. 75 Decid al dichoso dueño de esta casa y de Isabel, que mire en estos momentos por su vida: que mi hijo va, loco de sentimiento 80 y de furor, en su busca por Teruel; y, ¡vive el cielo que, doliente como está, valor le sobra al mancebo para vengar!… Perdonadme. 85 Adiós. Voy a complaceros, y a buscarle y conducirle esta noche misma lejos de unos lugares en donde vivimos los dos muriendo. 90

(Vase por la puerta de la izquierda, más cercana al proscenio.)

PEDRO. Id con Dios.—¡Padre infeliz! ¿Y nosotros? Me estremezco al pensar en Isabel, cuando de todo el suceso llegue a enterarse.

ESCENA II

TERESA.—DON PEDRO