ISABEL. ¡Premiar!… ¿Ignoras, cruel,
que le dió muerte sañuda?
ADEL. Tú no le has visto, sin duda,
entrar como yo en Teruel.
ISABEL. ¡Marsilla en Teruel!
ADEL. Sí.
ISABEL. Mira 165 si te engañas.
ADEL. Mal pudiera. Infórmate de cualquiera, y mátenme, si es mentira.
ISABEL. No es posible.—¡Ah! ¡sí! que siendo
mal, no es imposible nada. 170
ADEL. Por la villa alborotada
tu nombre va repitiendo.
ISABEL. ¡Eterno Dios! ¡Qué infelices
nacimos!—¿Cuándo ha llegado?
¿Cómo es que me lo han callado? 175
—Y tú, ¿por qué me lo dices?
ADEL. Porque estás, a mi entender,
en grave riesgo quizá.