MARSILLA. Ya lo sé. Llegué tarde. Ví la dicha,
tendí las manos, y voló al tocarla.
ISABEL. Me engañaron: tu muerte supusieron 315
Y tu infidelidad.
MARSILLA. ¡Horrible infamia!
ISABEL. Yo la muerte creí.
MARSILLA. Si tú vivías, y tu vida y la mía son entrambas una sola, no más, la que me alienta, ¿cómo de ti sin ti se separara? 320 Juntos aquí nos desterró la mano que gozo y pena distribuye sabia: juntos al fin de la mortal carrera nos toca ver la celestial morada.
ISABEL. ¡Oh! ¡si me oyera Dios!…
MARSILLA. Isabel, mira, 325 yo no vengo a dar quejas: fueran vanas. Yo no vengo a decirte que debiera prometerme de ti mayor constancia, cumplimiento mejor del tierno voto que invocando a la Madre inmaculada, 330 me hiciste amante la postrera noche que me apartó de tu balcón el alba. «Para ti (sollozando me decías), o si no, para Dios.»—¡Dulce palabra, consoladora fiel de mis pesares 335 en los ardientes páramos del Asia y en mi cautividad! Hoy ni eres mía, ni esposa del Señor. Di, pues, declara (esto quiero saber) de qué ha nacido el prodigio infeliz de tu mudanza. 340 Causa debe tener.
ISABEL. La tiene.
MARSILLA. Grande.
ISABEL. Poderosa, invencible: no se casa quien amaba cual yo, sino cediendo a la fuerza mayor en fuerza humana.