Pero ¿puede acaso llamarse descubridores de América, ni lo son, cuantos columbraron la existencia de aquellos Continentes, o los que se admita o algún día llegue a probarse que de hecho aportaron a las playas americanas, ora queriendo, o bien llevados allá por no poder resistir el empuje de los vientos o a las corrientes del Océano?[377].

Por nuestra parte, se nos ocurre preguntar: Si—como dice la narración de Oviedo y de otros—Colón es el único depositario del secreto, ¿quién, cómo y cuándo lo ha revelado? En asunto de tanta importancia, añadiremos que, aun admitiendo que por el año 1000 de nuestra Era—como se dijo en el capítulo III de este tomo—valientes marinos normandos de Islandia llegaron a las costas de Groenlandia, de Labrador, de la Nueva Inglaterra, y acaso hasta donde hoy está Nueva York; aun admitiendo lo que de Alonso Sánchez de Huelva se refiere, y aun admitiendo otras expediciones, descubrimientos y noticias, nada importa para la gloria del inmortal nauta.

Con respecto a la ciencia del futuro descubridor del Nuevo Mundo, él mismo, en carta a los Reyes Católicos, escribe lo que a continuación copiamos: «En la marinería me hizo Dios abundoso; de astrología me dió lo que abastaba y ansí de geometría y aritmética; y engenio en el anima y manos para dibujar esfera, y en ella las cibdades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. Yo he visto y puesto estudio en ver de todas escrituras, cosmografía, historia, coronicas y filosofía y de otras artes, ansí que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable a que era hacedero navegar de aquí a las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecucion de ello». Probado se halla—aunque otra cosa diga Fernando Colón en su historia del Almirante—que el descubridor del Nuevo Mundo no estudió ni poco ni mucho tiempo en la renombrada Universidad de Pavía. Debió pasar su infancia al lado de su padre y de sus hermanos. A los catorce años, o tal vez de más tierna edad, se lanzó al mar, adonde le llamaban sus constantes inclinaciones y ardientes deseos. Sirviese o no Colón bajo las órdenes de los corsarios Colombos, el asunto carece de toda importancia[378]. «De muy pequeña edad—dice Cristóbal Colón en carta a los Reyes Católicos escrita en 1501—entré en la mar navegando e lo he continuado fasta hoy. La mesma arte inclina a quien le prosigue, a desear de saber los secretos de este mundo. Ya pasan de cuarenta años que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy se navega, todo lo he andado». En otro lugar se lee: «El año de 1477, por febrero, navegué más allá de Tile cien leguas, cuya parte austral dista de la equinocial 73 grados y no 63 como dicen algunos... Veintitrés años he andado por el mar sin salir de él, por tiempo que deba descontarse—dice en otro sitio—ví todo el Levante y el Poniente, y al Norte de Inglaterra. He navegado a Guinea; pero en ninguna parte he visto tan buenos puertos como estos de la tierra de las Indias»[379].

Se ha creído por algunos que sólo Colón y otros pocos sabios contemporáneos creían en la forma esférica de la tierra. Ignoran que ya lo dijeron muchos, entre ellos Aristóteles (384-321), Arquímedes (287-212), los filósofos de la Escuela de Alejandría, Plinio (siglo i de la Era Cristiana), San Basilio (siglo iv), el venerable Beda (siglo viii), el patriarca Focio (siglo ix), el presbítero Honorio (siglo xii); y entre los árabes Mazoudi, Edrisí y Aboulfeda. La Academia de Toledo, fundada en 1258 por Alfonso X, seguía el sistema de Ptolomeo, profesando, por tanto, la teoría de la forma redonda de la tierra. Mientras que en Toledo se discutía el movimiento de los astros, dos hombres superiores, fundándose en la esfericidad de nuestro globo, deducían la existencia de otro Continente: eran estos Rogerio Bacon (1214-1294) y Raimundo Lulio (1235-1315)[380]. Como dice el ilustre Gaffarel, es imposible señalar mejor que Bacon lo hizo la posición de América. Anunció muchas de las grandes leyes con que después se han enriquecido las ciencias físicas y naturales. Expuso en términos claros y precisos la doctrina de que al Occidente de Europa debían existir tierras, siendo posible, por tanto, la comunicación de aquella parte del mundo con las citadas tierras. ¿Conocía Bacon el viaje del islandés Erik Rauda (Erico el Rojo)? ¿Conocía alguna de las expediciones islandesas o normandas que poco después se llevaron a feliz término? ¿O adivinó el descubrimiento que en 1492 hizo el genovés Cristóbal Colón?

Háse dicho, del mismo modo, que el mallorquín Raimundo Lulio, el sublime autor de Arte Magna (Ars Magna), se había ocupado de la existencia de un continente al Occidente de Europa, quedando reservado a Colón la gloria de encontrarlo. En la edición de Maguncia del año MDCCXXIX, forman las obras del beato Raimundo Lulio (Operum Beati Raymundi Lulli), diez tomos en folio, hallándose en el cuarto el libro intitulado Questiones per Artem Demonstrativam solubiles. En la cuestión 154 (CLIV), folios 151 y 152, al proponer la dificultad del flujo y reflujo en el mar de Inglaterra (¿quâ naturâ Mare Anglicæ fluat et refluat?), el Doctor Iluminado la explica con todo detenimiento. La traducción del texto, hecha libremente al castellano, dice así: «Toda la principal causa del flujo y reflujo del Mar grande o de Inglaterra, es el arco del agua del mar, que en el Poniente estriba en una tierra opuesta a las costas de Inglaterra, Francia, España y toda la confinante de Africa, en las que ven los ojos el flujo y reflujo de las aguas, porque el arco que forma el agua como cuerpo esférico, es preciso que tenga estribos opuestos en que se afiance, pues de otro modo no pudiera sostenerse; y, por consiguiente, así como a esta parte estriba en nuestro continente, que vemos y conocemos, en la parte opuesta del Poniente estriba en otro continente que no vemos ni conocemos desde acá; pero la verdadera filosofía, que conoce y observa por los sentidos la esfericidad del agua y su medido flujo y reflujo, que necesariamente pide dos opuestas vallas que contengan el agua tan movediza y sean pedestales de su arco, infiere que necesariamente en la parte que nos es occidental hay continente en que tope el agua movida, así como topa en nuestra parte respectivamente oriental». Después de leer el citado pasaje, podemos repetir con un estudioso jesuíta: «La existencia de un continente al Occidente de Europa, estuvo científicamente probada por Raimundo Lulio dos siglos antes que Colón lo hallara. Que este continente fuera precisamente la América, ni Lulio, ni Colón, ni nadie lo dijo: Suum cuique.» Somos de opinión que Cristóbal Colón no conoció las obras científicas de Bacon, ni de Lulio. Según un autor coetáneo del beato mallorquín, éste visitó varias veces la ciudad de Génova, dejando allí algunas de sus obras en poder de un amigo suyo.

Además, casi todos los escritores cristianos coetáneos y posteriores a la Academia Toledana, admitían la redondez de la Tierra: Alberto el Grande, Vicente de Beauvois y nuestro D. Enrique de Villena o de Aragón (a quien muchos llaman, sin serlo, marqués de Villena), se encuentran entre ellos. El de Villena, en su Tratado de Astrología[381], dando por verdad sabida la redondez del planeta, estudió la fuerza de atracción de la tierra. Alonso de Córdoba, Pedro Ciruelo, Antonio de Nebrija, Fernando de Córdoba, Abraham Zacut, afirmaron la esfericidad del globo. De modo, que en tiempo de Colón no indicaba sabiduría, ni aun era peregrina la creencia de que nuestro planeta tenía la forma esférica.

Debieron contribuir a que Colón formase su proyecto de ir directamente a la India por Occidente, no la correspondencia, que ha resultado apócrifa, con Toscanelli, ni las enseñanzas de las obras científicas de los sabios que acabamos de citar, sino las noticias de los marinos y por los mapas de navegación que las confirmaban. Debió tener conocimiento de los viajes de los venecianos Polo, del Almanaque Perpetuo de Zacut, y muy especialmente de la obra De imagine Mundi, del cardenal Pedro de Ailly.

Procede en este lugar que demos cuenta de los libros que tuvo en su librería Colón, y que han llegado hasta nosotros[382]. Estos son los siguientes: Historia rerum ubique gestarum, escrita por Eneas Silvio Piccolomini (después Papa con el nombre de Pío II), impresa en Venecia el año 1477; De imagine Mundi, del cardenal Pedro Alliaco o d'Ailly, impreso en Lovaina, en la oficina de Juan de Wesfalia, entre los años de 1480 a 1483; De consuetudinibus et conditionibus orientalium regionum, obra de Marco Polo, impresa tal vez en Amberes por el año 1485; Historia naturalle, de C. Plinio, impresa en Venecia el 1489; Vidas de los ilustres varones, de Plutarco, traducidas al castellano por Alfonso de Palencia e impresas en Sevilla el 1491; Almanak perpetuum, compuesto por Abraham Zacut, impreso en Leirea el 1496; Concordantiæ Biblia Cardinales, S. P., manuscrito del siglo xv, y el titulado Libro de las Profecías, manuscrito posterior a 1504. También se cree que le pertenecieron: Sumula confessionis, de San Antonino de Florencia, impreso en Venecia el 1476; Filosofía natural, de Alberto Magno, edición de Venecia de 1466, y Tragedias, de Séneca, palimpsesto en folio, del siglo xv[383].

Resuelto ya Colón a llevar a cabo su idea, se decidió a pedir ayuda—según refieren algunos historiadores—, primero al Senado de Génova y después a la república de Venecia. Habiendo rehusado las dos poderosas repúblicas el ofrecimiento, dirigióse—y esto se halla completamente probado—a Juan II de Portugal. Una Junta, presidida por don Diego Ortiz de Calzadilla, obispo de Ceuta, opinó contra la propuesta del marino genovés, no sin que la defendiese con tanto entusiasmo como energía el conde de Villarreal. Merece el conde de Villarreal que se le señale el primer puesto entre los defensores de Colón.