En la América Central, entre los dos istmos, figura en primer término el idioma maya, o, como se dice colectivamente, el maya-quiché, asociándole una de las ramas más importantes de su familia. El ascendiente que el maya consiguió por Oriente y Mediodía, logró el nahuatl o azteca en el norte de la América Central. Ambos idiomas se extendieron por Tabasco, Chiapas, Yucatán, isla de Cozumel, Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, y parecen ser los más cultivados y perfectos de América.
Gran interés ha despertado desde los tiempos del descubrimiento el estudio del nahuatl o azteca. Lengua rica, flexible y cultivada, ofrece en su gramática y vocabulario, no sólo influencias semíticas y turanio-euskaras, sino también elementos arios, en particular griegos, galeses y noruegos.
Desde que Fr. Francisco Gabriel de San Buenaventura, en el año 1560, publicó su Arte del idioma maya, se han hecho curiosos e importantes trabajos acerca de dicha lengua, llamando la atención entre todos el Gran Diccionario, que Fr. Antonio de Ciudad Real dió a luz en los comienzos del siglo xvii, no interrumpiéndose dichos estudios hasta nuestros días. El Sr. Rada y Delgado ha reproducido la obra del P. Landa intitulada Relación de las cosas del Yucatán y que el sabio franciscano escribió a mediados del siglo xvi; en ella se encuentra un alfabeto del que se servían los mayas cuando querían consignar sus pensamientos. Lo mismo Landa que otros de nuestros primitivos escritores pudieron darnos el silabario y aun la traducción de manuscritos mayas; pero «so pretexto de que los citados códices mantenían la superstición y retardaban los progresos del cristianismo, mandó Zumárraga, primer obispo de México, quemarlos, en vez de procurar que se los estudiase y descifrase, y se hizo con esto un daño que no podrán nunca perdonar ni la ciencia ni la historia. Contribuyó ese mismo Landa a tan salvaje quema»[246].
En letra manuscrita escribió después el mismo Pi y Margall: «El Sr. Icabalceta ha publicado recientemente (año 1881) un libro, Don Fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de Méjico, donde pretende probar, no sólo que no partió de este prelado la orden, sino que también fueron pocas las pinturas aztecas entregadas al fuego. En sus curiosas investigaciones es muy de notar que hace caso omiso de Diego de Landa, franciscano como Zumárraga, que pisó la tierra de Yucatán cuando aún vivía el arzobispo. Ese mismo testigo, que es de toda excepción, dice textualmente: Hallámosles grande número de libros de estas sus letras, y, porque no tenían cosa en que no uviese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo qual a maravilla sentían y les dava pena. Se quiso borrar hasta la memoria de lo que habían sido los aztecas antes de la conquista. Tampoco debe olvidarse que por Real cédula de 22 de Abril de 1577 se mandó recoger la obra de Bernardino de Sahagún y se previno a las autoridades de México que en manera alguna consintiesen que nadie escribiera en ninguna lengua de cosas que tocasen a las supersticiones y a la manera de vivir de aquellos indios, pues así convenía al servicio de Dios nuestro señor y al nuestro. El mismo Sr. Icabalceta ha publicado esta Real cédula en otro libro posterior (1883), intitulado Nueva colección de documentos para la Historia de México.»
Prueba todo esto la importancia que se ha dado al lenguaje de las gentes más civilizadas del Nuevo Mundo, debiéndose advertir que las bellezas que se muestran en su sonido y mecanismo alcanzan a su conexo el quiché, con sus varios dialectos: el trotzil, el chol, el totomaco y otros. No pocas afinidades ofrece este grupo con las lenguas asiáticas jaféticas, «hasta el punto de poderlas asimilar en ciertos momentos a los idiomas llamados indo-germánicos, como el chiapanec, apenas aglutinante, y el tarasco, con un verbo casi greco-sanscrito o zendo, sin que por esto falten entre ellos dicciones semíticas y hasta vascas, adquiridas por contacto con las aborígenes, como haríamos patentes a poder entrar en su estudio detallado»[247].
Con el tarasco manifiestan cierto parentesco el otomí y el pame, como otros que corresponden a los pueblos que tuvieron asiento en la parte más meridional de América. Al lado del azteca o mejicano, en los Estados de San Luis de Potosí, en alguna parte de Querétaro, en mucha de Guanajuato, Mechoacán, Veracruz, Puebla y en otros lugares de Nueva España, se habló el otomí, uno de los idiomas más usados en la América Central, y que tenía muchas analogías con varios de la América Meridional. Al Nordeste de los países en que se hablaba el otomí, dominó el pame, idioma propio de los chichimecas, y que guarda no pocas analogías con el otomí. En el fondo el idioma de los zapotecas (situados en el Estado de Oaxaca y en las costas del Océano Pacífico) se asemeja mucho al pame y al otomí, si bien hay en él, como en el egipcio antiguo, procedimientos y raíces que lo mismo guardan conexión con los idiomas semíticos que con los arios. Semejantes a estos idiomas debieron ser los hablados por varios pueblos primitivos al Norte de México, según la autorizada opinión de Brinton y otros modernos, apareciendo el ya conocido nahuatl, hablado por los aztecas en su última época. Tardó mucho tiempo la formación de dicha lengua en el Anahuac, y cultivo tan largo le dió más flexibilidad y riqueza, a costa, seguramente, de su pureza y carácter castizo, pues se advierten en seguida las influencias más extrañas, lo cual no debe llamar la atención, por los muchos pueblos que pasaron por el territorio mexicano antes que los aztecas se hiciesen dueños absolutos del país. El mixteca, hablado todavía en el Estado de Oaxaca y en parte del de Puebla y Guerrero, es bastante perfecto, como también el zapoteca, que se halla del mismo modo en dicho Estado de Oaxaca y en las costas del Pacífico. En el fondo el zapoteca se asemeja al pame y al otomí, siendo de notar que hay en él, como en el egipcio antiguo, procedimientos y raíces que lo mismo guardan conexión con los idiomas semíticos, que con los arios. Al Mediodía de los zapotecas viven indios procedentes de remotas costas de la parte del Sur, que no ofrecen en su lenguaje nada de extraño; no así los que están situados al Norte de dicho territorio.
Los últimos dos pueblos, el chinanteco y el mazateco, difieren notablemente de sus vecinos, y en particular de los nahuas, mixtecas y zapotecas. El chinanteco tiene por capital a Chinantla, llegando dicho Estado a confinar con el de Veracruz, y el mazateco está situado al Norte de los mencionados mazatecos. El chiapanec, afine con el mazateco, se hablaba en Chiapas, y, en la época de la conquista, los naturales ocupaban las orillas del lago de Managua y de la bahía de Fonseca en Nicaragua. Parece ser que el chinanteco tenía lengua bronca, compuesta de sonidos guturales, al contrario del mazateco y chiapanec, que era eufónico y armonioso.
De Guatemala mencionaremos el chanabal, el chol, el cacchí, el poconchí, el pocoman, el guasteco, el zutugil y el xinca; de Honduras el lenca y el xicaque; de Nicaragua el chontal y el subtiaba; de la costa de los Mosquitos el rama y el guatuso; de Costa Rica el viceita, y otros menos importantes en toda la América Central.
Recordaremos en este lugar que tienen la misma lengua—según ha mostrado el excelente filólogo Joh. Card. Ed. Buschman—todas las tribus de la familia Uto-Azteca[248].
Procede ya que tratemos de las lenguas principales que se hablan en la América Septentrional. Conforme avanzamos de la América Central a la del Norte, las lenguas presentan caracteres diferentes. En la parte Oeste de México merecen consideración especial el cahita, el tara-humara, el tepehuano y el cora, hablados todavía en los Estados mejicanos e influidos de antiguo por el azteca, en particular el último.