Por tercera vez fué nombrado gobernador por la Real Audiencia D. Mateo de Toro Zambrano, que con el carácter de interino había desempeñado dos veces el cargo, antes de la elección de Gonzaga y después de su muerte, reemplazándole casi inmediatamente D. Agustín de Jáuregui. Es de justicia consignar que Jáuregui restableció en Santiago el colegio fundado por D. Martín de Poveda para que se educasen los hijos de los caciques, hizo un censo de población y organizó las milicias. D. Ambrosio de Benavides (1780-1787) fomentó las obras públicas, trasladó á Chillan el colegio de indígenas de Santiago y celebró el parlamento de Lonquiemo, que presidió el coronel O'Higgins (1786), en el cual se hizo un concierto confirmando los anteriores, con la condición de que los fieros y tenaces araucanos nombrarían un representante que había de residir en la capital de Chile y cuya única misión sería velar por los intereses de sus conciudadanos y por el cumplimiento de los tratados. Refieren autorizados cronistas que por entonces los franceses Antonio Gramusset y A. Berney trataron de proclamar la independencia de Chile; pero descubierta la conjuración, los citados jefes fueron enviados a España. Lugar preferente entre los gobernadores y capitanes generales de Chile ocupa D. Ambrosio O'Higgins, a quien ya dimos a conocer en el capítulo anterior. Suprimió las encomiendas y el servicio personal de los indios; repobló la ciudad de Osorno y fundó las poblaciones de Combarbalá, Santa Rosa de los Andes, Illapel y Vallenar; mejoró los caminos y fomentó el cultivo del azúcar, del algodón y del tabaco; y dispuso que los cadáveres fuesen enterrados en los cementerios y no en las iglesias.

El brigadier D. Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808) celebró con los indios un parlamento en Negrete, terminó varios edificios públicos (Casa de Moneda, la Aduana y el Consulado) e hizo diferentes exploraciones por varios sitios de los Andes para hallar caminos para el Río de la Plata. Murió repentinamente (11 de febrero). En virtud de Real disposición del año 1806, el militar de mayor graduación tomaría el mando, ya por muerte o ya por ausencia del propietario. En una junta que celebraron en Concepción los jefes militares, fué proclamado capitán general D. Francisco García Carrasco, brigadier de ingenieros.

Consideremos el gobierno de García Carrasco. Rodeóse de favoritos, los cuales hubieron de contribuir a las graves disensiones que tuvo el capitán general con la Universidad, el Cabildo eclesiástico, el ayuntamiento y el tribunal de minería. Vino a echar leña al fuego de las discordias la noticia de que España había sido invadida por los franceses y que el rey de España no era Fernando VII, sino José Bonaparte. Los hombres de ideas más avanzadas de la colonia, casi dirigidos por el cabildo de Santiago, se dispusieron a la revolución, divulgando la noticia de que España estaba sometida a un gobierno extranjero. El capitán general preparó un golpe de Estado, creyendo de este modo poner término a la agitación: en la tarde del 25 de mayo de 1810, fueron reducidos a prisión el doctor Don Bernardo Vera, el procurador de la ciudad Don Juan Antonio Ovalle y Don Antonio Rojas, siendo conducidos aquella misma noche a Valparaiso. Uno de los oidores de la Audiencia marchó a Valparaiso a instruirles proceso por el delito de conspiración. Medida tan violenta enardeció más los ánimos, llegando el citado cabildo a pedir la libertad de los presos; mas Carrasco, lejos de acceder, dispuso que los tres reos fuesen trasladados a Lima. Cuando en la mañana del 11 de julio se supo que los presos habían sido embarcados en Valparaiso para Lima, el pueblo se presentó en la plaza en actitud amenazadora, en tanto que el cabildo y la Audiencia se reunían separadamente, buscando remedio a tantos males. Creyeron encontrar el remedio aconsejando a Carrasco que los presos volviesen a Santiago, que los empleados que hubiesen tenido más participación en el golpe de Estado fuesen separados, y, por último, que no se tomara medida alguna sin oir a la autorizada opinión de Don José de Santiago Concha, oidor decano de la Audiencia. Todo esto era muy poco, porque la revolución marchaba muy a prisa, disponiendo entonces la Audiencia que Carrasco renunciase el mando. Una reunión de jefes militares y de los empleados más importantes aceptó la renuncia del capitán general, nombrando en su lugar a Don Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista (16 julio 1810).

«La dependencia en que estuvo Chile del virreinato del Perú distó mucho de ser favorable a ninguna de ambas regiones. Esa dependencia era causa de que se olvidasen los intereses locales, de que no se contase con fuerzas suficientes para la defensa de la Capitanía General y de que jamás se viese el fin de la guerra con los araucanos. Mucho después de Ercilla y de Pedro de Oña, para quien Arauco ya estaba domada, los colonos no podían gozar de paz ni seguridad con aquel enemigo interior, y en la costa asomaban los corsarios ingleses, para quienes apoderarse de los tesoros de América era siempre fácil empresa»[494].

Pasando del estudio de la historia de Chile a la de Venezuela, con verdadera satisfacción habremos de referir que Felipe III, desde Martín Muñoz (27 septiembre 1608) se dirigió al gobernador y capitán general de Venezuela, diciéndole la conducta que había de observar con los indios y censurando a los encomenderos y al obispo[495]. Por su parte, los indígenas permanecieron tranquilos gozando de larga paz; «a lo cual contribuía—como dice Baralt—el ser pobre y no excitar la codicia de los enemigos de España, cuyos ojos y manos no se movían con fuerza sino tras las ricas flotas del Perú y de México»[496].

Recordaremos que Juan de Urpín terminó la conquista de Cumaná (1634), fundando en 1637 la Nueva Barcelona.

Aunque Venezuela vivió en paz durante el siglo xvii, a veces fué atacada por los franceses. Intentaron nuestros enemigos apoderarse de Cumaná en los años 1654 y 1657, siendo rechazados; mas en 1679 saquearon la ciudad de Caracas, retirándose con un gran botín a sus bajeles. En el siglo xviii Venezuela sufrió los ataques de los ingleses, quienes intentaron un asalto a la Guaira y a Puerto Cabello por los años 1739 y 1745, siendo rechazados de ambas partes, del mismo modo que lo fueron en Angostura el año 1740.

A mediados de la centuria, esto es, el 12 de febrero de 1742, se resolvió «relevar y eximir al gobierno y capitanía general de la provincia de Venezuela de toda dependencia del virreinato» del Nuevo reino de Granada. También se dispuso que los gobernadores de la provincia de Venezuela reasumiesen las facultades concedidas anteriormente, lo mismo en lo tocante a gobierno, guerra y hacienda como al ejercicio del Real Patronato, y que nombrasen los tenientes justicia-mayores de las ciudades, villas y lugares donde ellos lo tuviesen por conveniente, sin necesidad de que los nombrados necesitasen acudir para su confirmación a la Audiencia de Santo Domingo, que seguía siendo la del distrito de Venezuela, según cédulas de 7 de noviembre de 1738 y 3 de Mayo de 1741. Por último, en 8 de septiembre de 1777 acordó el Rey separar del Nuevo Reino de Granada las provincias de Cumaná, Guayana, Maracaibo é islas de Trinidad y Margarita, agregándolas «en lo gubernativo y militar a la capitanía general de Venezuela, del mismo modo que lo estaban ya, en cuanto a los asuntos de hacienda, a la nueva Intendencia erigida en Caracas»[497]. Dispuso, por lo que respecta a lo jurídico, que las citadas provincias se separasen de la Audiencia de Santa Fe y se agregasen a la primitiva de Santo Domingo. Nueve años después, esto es, el 13 de junio de 1786, se creó la Audiencia de Caracas. Resolvíanse por entonces de igual manera los asuntos mercantiles y civiles, hasta que para los primeros se estableció el Consulado de Comercio, por real cédula de 3 de junio de 1793, para «la más breve y fácil administración de justicia en los pleitos mercantiles, y la protección y fomento del comercio en todos los ramos»[498].

Conviene no olvidar que por una bula de Clemente VII se erigió el primer obispado de Venezuela en Cero (21 julio 1531), siendo nombrado obispo D. Rodrigo de las Bastidas (4 junio 1522) y la iglesia de Coro quedó erigida en Catedral (24 junio 1533). También el 1531 el mismo papa Clemente mandó erigir la iglesia de Santa Marta en Catedral, expidiendo las respectivas bulas a favor de Fray Tomás Ortiz[499]. Luego, por Real Cédula de 20 de junio de 1637 la Catedral de Coro se trasladó a Caracas[500]. Al obispado de Puerto Rico se agregaron las provincias de Margarita y Cumaná en 1588, la ciudad de Santo Thomé de Guayana en el año de 1624 y toda la provincia de Guayana en 1625. Si el obispado de Mérida se creó en 1777, y el de Guayana en 1790, cuando la Catedral de Caracas se erigió en metropolitana en 1803, aquellas iglesias fueron sufragáneas de dicho arzobispado[501].

«Venezuela—Gil Fortoul—fué más infeliz que otras colonias. Regiones de América muy ricas y pobladas, como México y el Perú, tuvieron en ocasiones mejor fortuna bajo la dirección de algunos virreyes eminentes; mas en Venezuela, pobre y casi desierta, apenas hubo gobernadores que se distinguiesen en la turba de funcionarios o indolentes o incapaces...»[502].