Las alteraciones y levantamientos de los indios, los cuales llegaron al extremo de hacer cautivos a varios españoles, obligaron al gobernador Arias a salir de Buenos Aires con algunas fuerzas para dirigirse hacia el Norte de la provincia[558]. Volvió el gobernador después de castigar a los revoltosos, renunciando luego el cargo (8 julio 1617)[559].
Noticia importante llegó de Madrid. El Rey, con fecha 16 de diciembre de 1617, dispuso dividir en dos el gobierno del Río de la Plata: el del Río de la Plata (Buenos Aires), y el de Guayra ó Paraguay (Asunción)[560]. Del primero nombró gobernador a D. Diego de Góngora, caballero del hábito de Santiago[561], y del segundo á Don Manuel Frías.
Dos días después de tomar posesión del cargo, el cabildo dió la noticia al virrey y Real Audiencia del Perú[562]. Poca benevolencia manifestó el cabildo con el ex-gobernador Arias de Saavedra, por cuanto al tener noticia que se disponía marchar a la ciudad de Santa Fe, se trató de exigirle fianza por el tiempo de su residencia, no sin afirmar que había hecho agravios y daños a la ciudad[563]. Hasta tal punto llegó la enemiga al ex-gobernador, que el cabildo escribió al Rey, al Consejo Real de las Indias, al virrey Príncipe de Esquilache y a la Real Audiencia de la Plata, para que lo antes posible se mandase la persona encargada de tomar la residencia a D. Hernando Arias[564]. En el mismo cabildo se dispuso rogar al Rey que procurase la pronta llegada de un obispo para la provincia de Buenos Aires, siendo tiempo adelante nombrado D. Pedro Carranza. Cada vez era mayor el enojo entre el cabildo y Hernando Arias, indicándolo así lo acordado en la sesión del 1.º de julio de 1620[565].
En el cabildo del 9 de marzo de 1621, el gobernador D. Diego de Góngora dió la grata noticia de que el Rey había despachado cédula y carta al obispo Carranza, haciéndole saber que Su Santidad había beatificado á San Isidro de Madrid, con cuyo motivo se dispuso que se celebrasen procesiones y otras fiestas en señal de regocijo[566].
Conviene no olvidar que con fecha 4 de mayo de 1621 Fray Pedro de Carranza, obispo del Río de la Plata, escribió al Rey dándole cuenta de su llegada al puerto de Buenos Aires (9 de enero), del estado indecente en que halló el edificio de la Catedral, de la poca paz que reinaba en el país, de la rectitud del gobernador Góngora y de la necesidad de poner Audiencia, no sin olvidar la conveniencia de que los gobernadores fuesen personas de experiencia y temerosos de Dios[567].
Suceso interesante registraremos en este lugar: el papa Gregorio XV, con fecha 8 de agosto de 1621, dió un Breve fundando la Universidad y Academia de la ciudad de la Plata en el Colegio de la Compañía de Jesús, noticia que se recibió con mucha alegría en todo el país argentino, y que—como era de esperar—contribuyó mucho a la mayor cultura de aquella parte de América. La alegría del mes de marzo se convirtió en tristeza en el mes de junio. La peste tenía afligida a la ciudad; pero se halló un medio para evitarla, cual era, como otras veces, tomar por intercesor y abogado a algún santo. Este santo debía ser San Roque[568]. Tratóse de hacer una ermita; pero como la cofradía de los bienaventurados San Sebastián y San Fabián tenía acordado construir otra para los citados últimos santos, dispusieron los de San Roque pedir que la imagen de este santo se colocase en la ermita de aquéllos, si bien las cofradías debían ser dos, una de San Sebastián y San Fabián, y otra de San Roque[569]. A tal punto llegó a amedrentar la peste a la población de Buenos Aires, que el cabildo, recordando que en los dos últimos meses habían fallecido más de 1.000 personas, requirió al gobernador para que no abandonase a Buenos Aires con la excusa de hacer una visita a las provincias; mas, si a pesar de ello «quisiere salir a la dicha bisita, este cabildo lo contradise una y dos y tres besses y protesta que, si en este puerto sucediere algún daño, sea por quenta, costa y riesgo de su merced...»[570]. Aproximábase el 16 de agosto, día de San Roque, y en el cabildo del 9 de agosto de 1621, se tomó el acuerdo de hacer en aquel día «prossesion y fiesta con bisperas y misa cantada y sermon en la Iglesia Catedral»[571]. Tratóse en el cabildo del 15 de septiembre de 1621, del recibimiento que debía hacerse al obispo Fray Pedro de Carranza[572], y en el del 15 de noviembre de dicho año se acordó, ya que en aquella fecha nada se hizo «por estar la tierra enferma», celebrar fiestas de toros y cañas[573].
Recibióse la noticia de la muerte de Felipe III en Buenos Aires (comienzos de febrero de 1622)[574], celebrándose con tal motivo suntuosas exequias, como también juegos de cañas, corridas de toros y luminarias con ocasión de la jura de Felipe IV. A los pocos días se dirigió el Rey al cabildo, diciéndole que todos los enemigos de la Corona de España estaban armados contra ella en Italia, Flandes y Alemania, mientras los corsarios holandeses, turcos y de otras naciones, con gran número de bajeles, realizaban muchos y continuos robos en las costas de estos reinos y carrera de las Indias, «y asimismo como por estar mi patrimonio Real tan exausto y consumido que por nengun caso se puede sacar del sustancia conque acudir a el remedio de tan grandes y peligrosos daños, a sido forzoso valerme de mis buenos y leales basallos, pidiéndoles un donativo y empréstito tan cuantioso como lo requiere la nesesidad y ocasión presente...»[575].
Llegó a últimos de 1623 D. Alonso Pérez de Salazar, oidor de la Audiencia de la Plata, con el propósito de tomar la residencia a los gobernadores D. Diego Marín Negrón y D. Hernán Arias de Saavedra[576].
Después de sucesos poco importantes, ocupó el gobierno (septiembre de 1624)[577], D. Francisco de Céspedes, natural de Sevilla. En su tiempo se realizaron grandes y necesarias fortificaciones en el puerto de la ciudad de Buenos Aires. Luego (12 febrero 1625) recibió Céspedes carta del Adelantado del Río de la Plata, gobernador de la provincia de Tucumán, ofreciéndose y poniéndose gustoso a sus órdenes[578]; también tuvo aviso de que una escuadra holandesa, compuesta de 40 velas, se hallaba sobre Pernambuco, aviso que también se comunicó al virrey de Chile a fin de que estuviesen preparados a la defensa[579]. No fueron cordiales las relaciones entre el gobernador Céspedes y la Audiencia de la ciudad de la Plata, dándose el caso de que D. Diego Martínez de Prado, juez comisario de dicha Audiencia, se presentó en Buenos Aires, disponiendo que el gobernador saliese de la ciudad hasta averiguar si eran verdaderas o falsas las denuncias[580]. Céspedes, durante su ausencia, nombró como su teniente y justicia mayor a Pedro Gutiérrez, diciendo entonces el citado señor juez, que si Céspedes no podía usar de los oficios de gobernador y capitán general, menos podría nombrar teniente[581]. El cabildo tampoco se puso al lado de Céspedes. La Audiencia de la ciudad de la Plata nombró a Diego Martínez de Prado «para conoser de los essesos y delitos que se an cometido contra la Real hacienda por el Sr. D. Francisco de Céspedes, gobernador, y sus ijos y contra otras personas de esta ciudad...»[582]. Es de advertir que ya (13 enero 1628) Martínez de Prado había dado orden de poner en prisión a Céspedes[583], y pocos días después, en el cabildo de 21 de febrero del citado año se leyó una carta de Hernán Arias de Saavedra, anunciando que la Real Audiencia le había nombrado para continuar las comisiones de que estaba encargado Martínez de Prado[584]. Inmediatamente publicó Arias de Saavedra que fuese repuesto en su cargo Francisco de Céspedes, siendo de creer que en la visita de aquél a Buenos Aires nada encontró censurable en la conducta del gobernador. Así debió ser, por cuanto en el cabildo del 24 de octubre de 1629, el procurador general de la ciudad, D. Diego Ruiz de Ocaña, hizo notar que Céspedes consiguió pacificar las provincias del Uruguay y demás convecinas, como también los despoblados que hay hasta Córdova, Tucumán y Santa Fe. Del mismo modo «en las cosas tocantes al servicio de S. M. y buen cobro de su hacienda Real he procedido con el celo, cuidado y diligencia de fiel y legal ministro», señalándose por las acertadas disposiciones que dió «para la defensa de la tierra y ofensa del enemigo.» Por todo ello se acordó pedir al Rey la continuación de Céspedes en su importante cargo[585]. Sin embargo, las opiniones acerca de la conducta del mencionado gobernador no estaban conformes, pues, desde Buenos Aires (8 octubre 1630), escribieron al Rey una carta los Padres Fray Francisco Barreto, Fray Luis de Herrera, Fray Gabriel Arias y Fray Tomás de Solorines—carta ratificada por Gabriel de Peralta, gobernador, provisor y vicario general del obispado del Río de la Plata—en la cual afirmaban que perseguía al obispo, prelado, religiosos y seglares que le decían verdades y volvían por el aumento de la Real hacienda, que tenía destruída dicha Real hacienda, que tanto él como sus dos hijos se habían hecho ricos y poderosos, y que puso preso y quiso quitar la vida al capitán Juan de Vergara, regidor perpetuo[586].
Pasado algún tiempo, queriendo dicha autoridad dar muestras de consideración y cariño al señor obispo de Paraguay, quien por entonces visitaba a Buenos Aires, dispuso que a su costa se hiciesen fiestas de toros y juegos de cañas[587].