Iba otra vez a comenzar la guerra, encargándose de dirigirla el gobernador de Buenos Aires, Andonaegui, llevando por segundo jefe a Viana, gobernador de Montevideo. Vino a entorpecer los comienzos de la guerra una cuestión enojosa entre Viana y el cabildo. Habiendo nombrado Viana como teniente general suyo a D. Pedro León de Romero y Soto, se opuso a ello el cabildo en tanto que el agraciado no prestase las fianzas correspondientes, ni presentara la aprobación de la Real Audiencia del distrito. Molestado Viana por la oposición, hubo de dirigirse al cabildo en forma destemplada e injusta en un oficio, llegando a reducir a prisión al alguacil mayor. Arregladas al fin las cosas, comenzó la campaña dirigida por Andonaegui, Viana y Gomes Freire. El 6 de febrero se presentaron los indios deseosos de reñir con sus enemigos. Atacóles Viana, logrando una victoria: entre los mulatos, estaba el cacique Sepee, general en jefe de los sublevados. A Sepee sucedió Nicolás Ñanguirú, hombre tan bueno como rudo. Los españoles, enemigos de los jesuítas, propalaron la especie calumniosa de que se intituló Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos. Ni Rey, ni Emperador pretendió nunca ser el antiguo y rudo pastor; cuya única habilidad—según refieren los cronistas—fué tocar el violín. Atacaron españoles y portugueses a los indios (10 febrero 1756) que ocupaban la cima del cerro Kaibaté, armados de flechas y de hondas. Las pérdidas de los aliados fueron cuatro muertos y 40 heridos, incluyendo dentro de los últimos a Andonaegui entre los españoles y al coronel Osorio entre los portugueses. Los indígenas tuvieron 1.511 muertos y 154 prisioneros, perteneciendo casi todos a las Reducciones del Uruguay. Continuó su camino el ejército aliado, y cuéntase que al llegar Viana a San Miguel, de cuya población no tenía idea alguna, hubo de exclamar en voz alta: «¿Y éste es uno de los pueblos que nos mandan entregar a los portugueses? Loca debe estar la gente de Madrid para deshacerse de una población que no tiene rival en ninguna de las del Paraguay.» Se entregaron los indígenas de San Miguel, después los de San Juan, y en seguida los de San Lorenzo. Por cierto que Henis, uno de los Padres que fueron presos en la última población, hubo de decir a Viana: «Al Rey no le han costado nada estos pueblos; somos nosotros quienes los hemos conquistado con el Santo Cristo en la mano. S. M. no puede entregarlos a los portugueses, y si yo estuviera en la corte, le informaría de modo que tal entrega no había de verificarse»[637]. Si indígenas y jesuítas transigían con los españoles, odiaban a muerte a Gomes Freire y a los portugueses. Comenzó la marcha de los emigrantes. Dejaban hermosos pueblos por tierras insalubres y mortíferas. No hubo compasión para los pobres indios. Hallándose Viana en el paraje denominado el Salto, donde había de esperar a Valdelirios, echó los cimientos de una ciudad que tomó el nombre de dicho paraje (noviembre de 1756). Llegó a Buenos Aires don Pedro de Ceballos, que venía de España a sustituir a Andonaegui, e inmediatamente se dirigió a San Francisco de Borja, donde recibió a muchos caciques y pueblo; Valdelirios pasó a San Nicolás; Viana se puso al frente de su gobierno de Montevideo, y Andonaegui se preparó a marchar a España. Aunque ofrecía Gomes Freire que todo se hallaría arreglado en el siguiente año, el estado de las cortes de Portugal y España fué causa del aplazamiento de la cuestión de límites. En Portugal se hallaba arruinado el Tesoro público, contribuyendo a ello los gastos de la expedición de misiones, y también el terremoto que destruyó gran parte de Lisboa. En España todo se hallaba paralizado por la muerte de la reina Bárbara y la enfermedad de Fernando VI. En el año 1759 marchó Gomes Freire a Janeiro, dejando por apoderado suyo a don Custodio de Saá y Faría. Tiempo adelante y después de siete años de tratos, disgustos y guerras, los negociadores rompieron toda clase de compromisos, y las cosas volvieron a su primitivo estado.
Es cierto que los jesuítas se opusieron al tratado de Madrid; pero también es cierto que la entrega de las misiones uruguayas, si perjudicaba a los jesuítas, no perjudicaba menos a los indígenas y a la monarquía española. Así lo creía D. Carlos, rey de las Dos Sicilias, y luego rey de España con el nombre de Carlos III, debiéndose advertir que el citado monarca era enemigo de la Compañía de Jesús. Si provocaron los jesuítas el alzamiento de unas cuantas misiones, como afirman algunos, ¿por qué no las sublevaron todas, en cuyo caso hubieran puesto en un verdadero conflicto a España y Portugal juntos?
El marqués de Valdelirios, terminada la guerra, se dedicó a restañar las heridas del país. Levantó fortalezas para prevenir las invasiones de los indios bravos; fundó la ciudad de Maldonado; aumentó y embelleció a Montevideo. Al subir al trono Carlos III, uno de sus primeros hechos fué obtener de Portugal la anulación del tratado de Madrid, lo cual se consiguió mediante un convenio firmado en El Pardo (12 febrero 1761) entre los plenipotenciarios de ambas Coronas. Cuando los portugueses tuvieron noticia del ajuste, ni tardos ni perezosos, ocuparon terrenos en las fronteras del Uruguay, llevándose al interior del Brasil muchas familias indígenas pertenecientes a las Reducciones uruguayas, algo así como con visos de esclavitud. También Ceballos, correspondiendo a la actividad de los portugueses, se dirigió a Gomes Freire, pidiéndole, ya la devolución de los terrenos detentados, ya el libre regreso a sus hogares de las familias que se habían llevado. Sordo se hizo Gomes Freire lo mismo a la primera comunicación que a otras posteriores, llegando a tal punto su deseo de molestar a España que, entrado el año 1762 hizo levantar una fortaleza que denominó de Santa Teresa, en territorio de Maldonado, sin disputa alguna perteneciente a nuestra nación. La cuestión iba a decidirse por las armas y a la guerra se preparó Ceballos. Ya España, en virtud del Pacto de familia, había roto sus relaciones con Inglaterra y casi también con Portugal, dada la alianza y amistad entre estas últimas naciones. Ceballos recibió órdenes terminantes del gobierno español para que reivindicase los terrenos usurpados por el Brasil e inmediatamente hizo levantar una batería de 7 cañones enfrente de la enemiga ciudad de Colonia. A la carta que dirigió Fonseca, oficial que mandaba la guarnición de Colonia, a Ceballos preguntándole qué se proponía con los trabajos de fortificación que estaba haciendo, respondió el general español «que cada uno en su casa podía hacer lo que le pareciese.» Después de una segunda reconvención de Fonseca, que no obtuvo respuesta, comenzó el fuego en la noche del 5 de octubre y que siguió en los días sucesivos, hasta que el 2 de noviembre salían los portugueses con los honores de la guerra y entraba Ceballos en Colonia. En tanto que se obtenía victoria tan gloriosa, una división portuguesa de 500 hombres amenazaba desde el Chuy a Maldonado y una escuadra anglo-portuguesa, compuesta de 11 naves, bajo las órdenes de M. Macnamara, bombardeaba las costas del Río de la Plata y se presentaba de improviso frente a Colonia (6 enero 1763). Ceballos, enfermo como estaba, se lanzó a la pelea, y, entusiasmando a los soldados, logró que una bala de la plaza incendiase el navío Lord Clive, que montaba Macnamara, muriendo la mayor parte de la tripulación y el mismo almirante. Dícese que cuando Gomes Freire supo la muerte de Macnamara y que se había perdido en las Indias occidentales el navío que llevaba el nombre glorioso del gran conquistador inglés en las orientales, murió de pena. Por su parte Ceballos dirigió un oficio a Viana, que terminaba del siguiente modo: «Hemos palpado nuevamente la especial protección con que Dios milita por nosotros, y por lo mismo debemos dar a su Divina Majestad las gracias, a cuyo efecto dispondrá V. S. se cante el Te Deum en la iglesia matriz de esa plaza, con la solemnidad y concurrencia que en semejantes casos se acostumbra»[638]. Ceballos salió de Colonia el 19 de marzo (1763) al frente de 300 dragones, camino de Maldonado, cuyo trayecto de 80 leguas recorrió en diez días. Organizó las fuerzas y el 8 de abril salió de la plaza, y a los siete días de marcha, llegó al arroyo de Castillosgrandes, donde descansó un día, franqueando el penoso albardón de tres leguas, a cuyo extremo se halla el fuerte de Santa Teresa, guarnecido por 1.500 hombres y 13 cañones, al mando del coronel D. Luis Tomás Osorio. El 18 por la mañana comenzó el ataque y al llegar la noche desertaron del fuerte 1.200 portugueses, teniendo que rendirse Osorio el 19 con 25 oficiales y 280 dragones.
Ocupado Santa Teresa, dispuso el general que tres cuerpos de ejército persiguiesen a los fugitivos, los cuales se desbandaron en todas direcciones, cayendo muchos prisioneros y entregándose el fuerte de San Miguel y el pueblo de Río Grande. Recogiéronse cañones, morteros, bombas, balas y mucha cantidad de pólvora en Santa Teresa, San Miguel y Río Grande. Vino a añadir una página de buen político a su historia militar la fundación que con el nombre de San Carlos (en honor del Soberano reinante), hizo Ceballos en el sitio que llamaban Maldonado chico (1762). Cuando la fortuna no se separaba de Ceballos, vino a cortar la carrera de sus glorias el tratado de París (10 febrero 1763), en que Inglaterra, Francia y Hannover ponían fin a la guerra conocida con el nombre de los Siete años. Francia dió a España la Luisiana como indemnización de las Floridas, cedidas por nuestra nación a Inglaterra en cambio de Cuba y Filipinas. Los portugueses recobraban la Colonia, que se les entregó el 24 de diciembre del mismo año, quedando los españoles en posesión de Río Grande y de todos los fuertes conquistados, haciendo valer por ello el tratado de Tordesillas. Como dice muy bien Bauzá, mostraron habilidad los portugueses e ineptitud los españoles, cuando aquéllos, fuera como fuese la suerte de las armas, consiguieron conservar siempre la Colonia del Sacramento[639].
El coronel graduado, teniente coronel del regimiento de Galicia, don Agustín de la Rosa Queipo de Llano, llegó a Montevideo (abril de 1764) y tomó posesión del mando el 8 del mismo mes. Una de las primeras medidas fué contener las demasías de los fugados de los presidios del Brasil y de otros puntos de América. A los presidiarios se unían otras gentes maleantes, y todos formaban una especie de población militar con sus correspondientes jefes. Si tales gentes estaban acostumbradas al robo y saqueo, no esquivaban el encuentro de la tropa regular. Vino también a aumentar el malestar la imposición de tributos de que estaba dispensada la ciudad por el acta de su fundación. Negóse el Rey a lo solicitado por el cabildo, y desde entonces quedó vigente el impuesto del derecho de alcabala.
Mientras esto pasaba en el interior, nuevas complicaciones surgían por lo que a Uruguay respecta entre los gobiernos de Madrid y Lisboa. En el tratado que puso fin a la guerra, se dispuso que España devolviese a Colonia, reservándose Río Grande de San Pedro y las islas de Martín García y Dos Hermanas, que eran exclusivamente suyas. Sin embargo, el ministro portugués cerca del gobierno de Madrid, requirió (6 enero 1765), no sólo la entrega de Colonia, sino las que acabamos de citar como propiamente españolas, con otros territorios y puertos de que los portugueses habían sido desalojados durante la guerra. El marqués de Grimaldi, en nombre del gobierno, se negó a satisfacer las demandas de Portugal. Si la corte de Lisboa no hizo hincapié en sus pretensiones, el virrey del Brasil no tuvo reparo en engañar con buenas palabras a D. Francisco Bucarelli, sucesor de Ceballos en el gobierno del Río de la Plata. El 29 de mayo, el coronel José Marcelino de Figueredo, segundo de José Custodio de Saá y Faría, se presentó a la cabeza de 800 hombres embarcados en varios buques ante la villa de Río Grande de San Pedro para tomarla por sorpresa. Los nuestros rompieron el fuego sobre la flotilla, que tuvo que retirarse fuertemente castigada. El gabinete de Lisboa, solicitado por el de España, y tal vez a disgusto, no tuvo más remedio que condenar a sus oficiales de América. A pesar de ello, siguieron los portugueses dueños de los territorios y puntos que acababan de usurpar, porque otro asunto de más monta preocupaban a Carlos III y a su gobierno. El asunto a que nos referimos era la expulsión de los jesuítas de todos los dominios españoles. Ya habían sido expulsados de Portugal por el marqués de Pombal, ministro de José I, y de Francia por el duque de Choiseul, ministro de Luis XV. Los de España siguieron la misma suerte (abril de 1767) y los de Montevideo (julio de 1767); el número total de los expulsados en las provincias del Río de la Plata fué de 397 individuos, incluyendo a los misioneros de los moxos y chiquitos. Faltaríamos a la verdad si no dijésemos que los indígenas ganaron poco o nada al cambiar de gobierno y muchos de aquéllos pasaron, no queriendo sufrir la tiranía y codicia de las nuevas autoridades, a poblar las campiñas de Montevideo y Maldonado, hasta entonces casi yermas, y que pronto se convirtieron en terrenos agrícolas. En el correr de los tiempos uniéronse los indios civilizados de las Reducciones con los salvajes, y las mujeres de unos y de otros con los españoles y portugueses, importando poco que tanto los españoles como los portugueses procedieran de las cárceles de España y del Brasil.
De elementos tan diversos nació el gaucho. «El gaucho venía a ser—escribe Bauzá—el resultado de todas las fusiones, y como el primer eslabón de la nueva y definitiva raza que había de ocupar el suelo. Todo indica, desde el día de su presentación en la escena social, que por su carácter, costumbres y afecciones, se creía verdaderamente dueño de la tierra. Sin embargo, los primeros gauchos no eran todos uruguayos: se les llamaba indistintamente gauchos o guaderios, y muchos de entre ellos componían el número de los portugueses y españoles fugados de presidio, y refugiados en el Uruguay, merced a la tolerancia de los habitantes de los campos. El nombre de gaucho era sinónimo, en sus primeros tiempos, al de holgazán o malhechor; después se hizo extensivo a los que vagaban sin quehaceres fijos provistos de una mala guitarra, entonando coplas ajenas o propias, y a los que sobresalían en las pendencias y en la galantería rústica de los desiertos. Lo numeroso de las familias permitía que no todos los varones se dedicasen al trabajo, rudimentario de suyo en aquellos tiempos, y de ahí que estimulados por la facilidad de alimentación y la simpatía inspirada por las hazañas personales, muchos se sintiesen inclinados a la vida andariega, particularmente los que se creían de sobra en su casa»[640].
Cundía el malestar en Montevideo. El gobernador La Rosa carecía de dotes políticas. Más astutos los portugueses y el virrey Azambuya, al mismo tiempo que despojaban a España de sus territorios en el Río de la Plata, extendían su comercio por todas partes. Como si todo esto fuera poco, comenzaron a propagar el abandono de España por lo que a la religión respecta, afirmando que era un caso de conciencia no consentir que se perdiese la fe de los indios de las misiones. Llegaba a tal punto el descaro de nuestros vecinos que censuraban acremente al rey de España por haber expulsado a los jesuítas, cuando el gobierno de Portugal había sido el primero que dió la señal de la persecución de la Compañía.
Poniendo manos a la obra, cuando corría el año 1770 partió de San Pablo militar expedición bajo las órdenes del teniente coronel Alonso Botello de Sampayo, con ánimo de reducir nuevamente los indios a la fe católica. Aunque no se habían separado de dicha fe, Sampayo comenzó su cruzada destacando al capitán Silveyra Peixoto, quien penetró por la vía del Paraná a tomar posesión de las tierras de los infieles y proceder luego a su conversión. D. Francisco de Zavala, gobernador de las misiones, no pensaba lo mismo que Sampayo. Púsose sobre las armas, sorprendió a Silveyra y a los suyos, mandándoles presos a Buenos Aires como infractores de los pactos y perturbadores de la paz. Tomó entonces extraña determinación Sampayo, cual fué retirarse de aquellos lugares, no como soldado vencido, sino como misionero que se ve desdeñado por los mismos a quienes iba a hacer el bien. La ridícula expedición de Sampayo anunciaba para el porvenir grandes males entre españoles y portugueses. Así lo comprendió el prudente gobernador de Buenos Aires y así lo comprendió también el violento gobernador La Rosa.
Era La Rosa uno de esos hombres que si carecía de cualidades de gobernante, había sabido granjearse la estimación de poderosos personajes de la corte. En poco tiempo había llegado a obtener el empleo de brigadier. En cambio, el cabildo de Montevideo no le quería por su carácter arbitrario y por su codicia. Con la misma moneda pagaba La Rosa al cabildo. Con motivo de unas elecciones (1771) de nuevo cabildo, se rompió la aparente armonía entre ambas autoridades, llegando el gobernador a reducir a prisión lo mismo al alcalde de primero y segundo voto que al alguacil mayor. En queja se dirigió el cabildo al gobernador de Buenos Aires, D. Juan José de Vertiz, quien se puso en absoluto al lado de la autoridad popular, según lo indicaba el siguiente oficio: «Conviniendo al Real servicio el que el brigadier D. Agustín de La Rosa, gobernador de esa plaza, pase a esta ciudad, he ordenado ocupe interinamente este empleo el mariscal de campo D. José Joaquín de Viana, quien tiene acreditadas su conducta, integridad y demás circunstancias que le hacen recomendable»[641]. Continuó el cabildo el proceso contra La Rosa; pero, contra lo que se esperaba, se le castigó solamente con la pérdida del empleo de gobernador. Era creencia general que sus poderosos amigos en la corte habían influído para que el asunto se resolviese de aquel modo.