La vida intelectual de los pueblos hispano-americanos durante la época colonial permanece casi olvidada, no sólo por los hijos del país, sino también por los mismos españoles. Comenzaremos estudio tan interesante por la cultura literaria en México, no sin hacer antes notar que con la ayuda del obispo Zumárraga logró el virrey Mendoza traer la imprenta el 1536, publicándose en el mismo año la Escuela Mística, de San Juan Clímaco, traducción que hizo el Padre dominico Juan de la Magdalena. Registraremos también el hecho de que por entonces comenzó la acuñación de la moneda. De la literatura mejicana en el siglo xvii, colocaremos en primer término a la monja y poetisa Sor Juana Inés de la Cruz. Nació en San Miguel de Nepantla, alquería a doce leguas de México, y fué bautizada en la cercana villa de Ameca-Ameca[826]. Su padre se llamaba Manuel de Asbaje y su madre Isabel Ramírez de Cantillana. Tan bella de rostro como de espíritu, se hizo simpática a todos en la corte del virrey marqués de Mancera, pues fué dama de la virreina doña Leonor de Carreto. Por los consejos del Padre jesuíta Antonio Núñez se encerró en un convento de la orden de San Jerónimo y profesó el 24 de febrero de 1669. Falleció el 17 de abril del año 1695. Mujer de una cultura extraordinaria, vivió en la atmósfera de literatura gongorina y pedante, librándose, no del mal gusto de la época, pero sí de exageraciones ridículas y antiestéticas. En tiempos mejores y con otra educación, Sor Juana Inés de la Cruz ocuparía señalado lugar entre las mejores poetisas.
El siglo de oro de la cultura científica y literaria en México fué el xviii. En la citada centuria se creó la Universidad y otros establecimientos de enseñanza, la imprenta adquirió gran desarrollo y las ciencias y las letras se cultivaron por esclarecidos ingenios en la capital y en las ciudades más importantes de la colonia. Fama tuvo de literato don Diego José de Abad, jesuíta y excelente latinista. En la poesía épica se distinguió D. Francisco Ruiz de León, autor de los poemas La Tebaida Indiana y La Hernandiada, sobresaliendo en el género lírico los Padres don José Manuel Sartorio y Fray Manuel de Navarrete. Nacieron por aquella época en la Nueva España dos historiadores dignos de fama: los jesuítas veracruzanos don Francisco Javier Clavigero, autor de la Historia Antigua de México y de la Historia de la Baja California, y don Francisco Javier de Alegre, que escribió la Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España.
Antes de estudiar la historia literaria del Perú, publicaremos la siguiente Real Cédula. Por ella veremos el mucho cuidado que tenían nuestros monarcas de que no sufriese detrimento alguno la religión católica.
Libros: «Informado el Príncipe, que de llevar al Perú los favulosos, como los de Amadís y otros, se seguía, que los indios que sabían leer se daban á ellos, olvidando los de buena y sana doctrina, y persuadidos de que las Historias vanas habían sido compuestas vanamente, y pasado como tales lo serian también las de Sagrada Escritura y Santos Doctores, teniéndolos por de una misma authoridad; mandó S. M. al virrey no consintiesse su venta, ni que los españoles los tuviessen en sus casas, ni los leyesen los indios.» Ced. de sep. de 1513. Vid. Tom. 9 de ellas, fol. 286, b, n.º 481[827].
El primero de los escritores peruanos fué Garcilaso de la Vega. Era hijo natural del capitán Garcilaso de la Vega y de la ñusta Doña Isabel Chimpu Ocllo, sobrina de Huayna Cápac y nieta de Túpac Yupanqui. Nació en el Cuzco el 12 de abril de 1539 y vivió en una época de guerras civiles. Conoció a Gonzalo Pizarro, a Francisco Carvajal, al presidente La Gasca, a Francisco Hernández Girón y a otros. «Residiendo—dice—mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades y tiranías de Atahualpa escaparon; en las cuales visitas siempre sus más ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus reyes, de la magestad dellos, de la grandeza de su imperio, de sus conquistas y hazañas, del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y en favor de sus vasallos ordenaban. En suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiesen acaecido que no la trujesen a cuenta. De las grandezas y prosperidades pasadas, venían a las cosas presentes: lloraban sus reyes muertos, enajenado su imperio y acabada su república. Estas y otras semejantes pláticas tenían los incas y pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido, siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: trocósenos el reinar en vasallaje. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oir, como huelgan los tales de oir fábulas»[828].
Manifiesta Garcilaso en su historia profundo amor a los incas y en general a toda la raza india. No es extraño que el historiador se convierta en defensor, y en defensor apasionado.
Habiendo fallecido su padre de muerte natural, Garcilaso se trasladó a España en el año 1560. Entró en el ejército y sirvió a las órdenes de Don Juan de Austria y de Don Alfonso Fernández de Córdova, marqués de Pliego, obteniendo el grado de capitán, inmérito de sueldo. Dice que «escapó de la guerra tan desvalijado y adeudado, que no le fué posible volver a la corte, sino acogerse a los rincones de la soledad y pobreza.» Solicitó del Rey la recompensa debida por los servicios de su padre y la restitución patrimonial de los bienes de su madre, no obteniendo ni la una ni la otra, a causa del mal recuerdo que se conservaba del conquistador Garcilaso, el cual siguió las banderas rebeldes de Gonzalo Pizarro. Se estableció en la ciudad de Córdoba, se ordenó de clérigo y escribió algunas obras, siendo la principal la que lleva el título de Comentarios Reales. Murió en Córdoba el 22 de Abril de 1616.
Si acabamos de indicar que Garcilaso es más bien panegirista que historiador, añadiendo ahora que le consideramos bastante parcial y algo inexacto; sin embargo, no creemos justas las siguientes palabras de Menéndez Pelayo: «Los Comentarios Reales no son texto histórico; son una novela utópica, como la de Tomás Moro, como la Ciudad del Sol, de Campanella, como la Océana, de Harrington; el sueño de un imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de oro gobernado por una especie de teocracia filosófica»[829]. No estamos conformes—repetimos—con el juicio de Menéndez Pelayo; pero aceptamos sin reparo alguno el de Pi y Margall. «En esta historia de los incas—escribe—sigo principalmente a Garcilaso de la Vega. Se disminuye hoy la autoridad que se le concedió en otros días; pero injustamente. No dispuso de mayores medios para descubrir la verdad ninguno de sus contemporáneos; tampoco ninguno de los que después escribieron. ¿Se han descubierto, acaso, nuevas fuentes para esta historia? Garcilaso era Inca y había recogido de labios de sus mismos padres la tradición quichua, conocía la lengua del país y había tenido ocasión de consultar a los quipucamayos; nadie pudo recoger mejor lo poco o mucho que de los incas se supiese. Es de temer que le hiciesen parcial el espíritu de nación y el de familia; pero la parcialidad suele estar más en la apreciación que en la averiguación de los hechos»[830].
Es cierto que desconoce la existencia de una civilización anterior a la de los incas, civilización preincásica que tuvo mucha importancia; no hace mención de los vestigios más antiguos de civilización que se han encontrado en los valles de la costa, desde Nazca hasta Trujillo; opina erradamente que en los primeros reinados de los incas no hubo revueltas ni revoluciones; no era Pachacámac la divinidad suprema, sino Viracocha, ni la religión era deísta, sino fetichista[831]; ni tampoco era cierto que bajo los incas no se celebrasen sacrificios humanos, pues se halla probado que inmolaban hombres a los dioses. Nada más tenemos que decir de la primera parte de los Comentarios Reales.
La segunda parte, que trata de la conquista del Perú y de las guerras entre los conquistadores, no tiene tanto valor histórico como la primera. Si en ella repite y á veces aclara y amplía las narraciones de Gómera y Zárate, nunca llega á las ricas y hermosas crónicas de Cieza.