El apogeo de Lima fué el siglo xvii. Bajo la dinastía austriaca y de Felipe V, Lima, con sus numerosos frailes, blancos y pardos, calzados y sin calzar, con sus famosos virreyes rodeados de pretendientes, y con sus letrados y retóricos, manifestaba no poco brillo y esplendidez. Al lado de los conventos (agustinos, franciscanos, dominicos y mercenarios) y colegio de jesuítas, se hallaba el palacio del virrey, la Audiencia, el Cabildo y la Real y Pontificia Universidad de San Marcos. Nació la Universidad al amparo del convento de Santo Domingo y, cuando aquélla hubo de secularizarse veinte años después, conservó su carácter eminentemente religioso y aun teológico. «Pero a la vez que institución eminentemente religiosa, baluarte de la Teología, palestra del Escolasticismo, foco de los estudios de Derecho canónico y Derecho romano en toda la América del Sur, la Universidad, por la frecuencia de sus certámenes poéticos, recibimientos y fiestas, venía a ser como la Academia literaria oficial de la corte de los virreyes»[832]. Catedráticos no pocos y doctores numerosos se dedicaban con más pedantería que ciencia y con más retórica que elocuencia, a conquistar la benevolencia del virrey, de los oidores, de los altos empleados y hasta de los particulares distinguidos. Por eso los recibimientos tan fastuosos a virreyes, a oidores y a prelados. Los homenajes rendidos al representante del Rey, cuando, después de algún tiempo de la toma de posesión, visitaba la Universidad, excedían a toda ponderación. Bastará decir que el ilustre don Pedro de Peralta Barnuevo, varón justamente alabado por sus muchas y excelentes obras, escribió lo siguiente: «Es el príncipe una deidad visible, con quien no tiene otro oficio la lengua sino el del himno o el del ruego»[833].

Registraremos los nombres de algunos vates peruanos. A fines del siglo xvii se distinguió el poeta festivo Juan del Valle y Caviedes, por apodo «El poeta de la ribera», que escribió dos libros titulados: Diente del Parnaso y Poesías varias. Murió el 1692, antes de cumplir los cuarenta años. El romance a la bella Anarda comienza así:

Purgando estaba sus culpas

Anarda en el hospital;

que estos pecados en vida

y en muerte se han de purgar...

Caviedes conocía perfectamente a Quevedo, según puede verse en muchas de sus composiciones. Trasladaremos aquí unos cuantos versos de la composición que dirigió a Machuca, por su nombramiento de médico de la Inquisición:

Ya los Autos de la fe,

se han acabado sin duda,

porque de la Inquisición,