Como resumen de todo lo expuesto diremos que algunos virreyes hicieron abrir escuelas y pusieron gran cuidado de que en ellas recibiesen enseñanza los indígenas. También los religiosos establecieron muchas escuelas en los conventos. Del mismo modo no pocos municipios fundaron escuelas. Conviene advertir que los americanos se contentaban con aprender a leer y a escribir; muy pocos estudiaban la carrera del sacerdocio o la abogacía; sólo en los últimos años del dominio español se enseñó la medicina en algunas capitales de las colonias. Los Seminarios que establecieron los prelados y los colegios fundados por los gobiernos o por las Sociedades Económicas de Amigos del País, tenían escasa importancia. De la enseñanza de las Universidades dicen los cronistas que eran estudios rutinarios de lengua latina, noticias de filosofía aristotélica, sin plan ni método, nociones desordenadas é incompletas de Derecho Romano y Canónico, pedantes disquisiciones de Teología moral y dogmática: a esto y nada más que a esto estaba reducida la ciencia. Tampoco tuvieron positivo valor las enseñanzas de Física, Química, Mecánica, Matemáticas, etc., que en los últimos tiempos del dominio español se establecieron en algunas poblaciones americanas. De algo sirvió el Observatorio Astronómico fundado en Santa Fe de Bogotá y el Jardín Botánico establecido en México. En general, bien puede afirmarse que en México, Lima y Santa Fe, las ciencias se cultivaron por algunos laboriosos maestros.

La literatura colonial estaba reducida a los sermones que se predicaban en el púlpito, a los romances destinados a celebrar los milagros de algún santo y a las composiciones poéticas que los doctores de las Universidades dedicaban a los virreyes o capitanes generales. Algunas veces también se ocupaban en describir un auto de fe o una corrida de toros. «Entre otras obras—escribe Barros Arana—escritas en América son notables tres, más que por su mérito literario, por el trabajo de paciencia que su composición había impuesto a sus autores. Un religioso mejicano llamado fray Juan Valencia, compuso en el siglo xvii, trescientos cincuenta dísticos en honor de Santa Teresa, que pueden leerse del mismo modo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Un jesuíta peruano, el Padre Rodrigo de Valdés, compuso un poema en el siglo xvii, que contiene dos mil doscientos ochenta y ocho octosílabos que pueden leerse en latín o en castellano, según se quiera, porque en ambos idiomas el sentido es uno mismo. Un escritor mejicano, Francisco Javier Alegre, tradujo en exámetros latinos la Iliada de Homero»[846].

Los conquistadores españoles importaron a las Indias, con su lengua, con sus ciencias, con sus leyes y con sus hábitos y costumbres, las bellas artes de la metrópoli. Allá fueron arquitectos, escultores, pintores y músicos; allá se hicieron algunas obras artísticas. La arquitectura de las colonias hispano-americanas señala verdadera decadencia del arte, aunque no faltan algunos buenos monumentos, en su mayor parte correspondientes al estilo neoclásico, como puede servir de ejemplo la catedral de México, cuya primera piedra puso, en el año 1573, el arzobispo Moya y Contreras. La catedral anterior era pequeña para las necesidades del culto, y por ello el citado prelado tuvo empeño en la fábrica de templo más suntuoso. En el siglo xvii se extendió la escuela de Churriguera, a la que pertenecen muchas iglesias de las ciudades americanas.

Acerca de la escultura, si las primeras estatuas de vírgenes y santos fueron llevadas de España, luego florecieron artistas en las mismas Indias. Diego de Robles, natural de Quito, mostró su inspiración artística en un San Juan Bautista que hizo para la iglesia de San Francisco de aquella ciudad, y el Padre Carlos, religioso de la Compañía, hizo, imitando el estilo de Miguel Angel, la Negación de San Pedro y la Oración del Huerto. Hasta los mestizos e indios se distinguieron en el arte escultórico: las obras de Manuel Chill[847] se admiran todavía en la catedral de Quito, y el limeño Baltasar Gavilán adquirió fama con la estatua ecuestre de Felipe V. Juan Tomás, indio del Cuzco, hizo varias imágenes, y entre ellas fué muy estimada una Virgen de la Almudena. Dos escultores del pueblo de Juli, cerca del lago Titicaca, indígenas, y llamados Juan Huaicán y Marcos Rengifo, construyeron hermoso altar en la iglesia de Moquegua.

La pintura tuvo como primer maestro a Rodrigo de Cifuentes, que acompañó a Hernán Cortés y llegó a México el año 1523, dejando, como muestra de su inspiración, los retratos del conquistador mejicano y de D.ª Marina, algunos cuadros para los franciscanos de Tehuantepec, y se dice que es obra suya uno muy estimado por los inteligentes y que representa el Bautismo de Maxiscatzin. Son discípulos notables de Cifuentes: Andrés de Concha, citado por Bernardo de Balbuena en la Grandeza Mejicana, y Baltasar de Echave, el Viejo; también sobresalieron en el arte pictórico los indios Marcos de Aquino, el Crespillo y otros.

Al Perú, después de la conquista, acudieron muchos artistas italianos y españoles, atraídos por la esplendidez que desplegaban obispos y religiosos en la construcción de sus iglesias, contándose entre aquéllos Angélico Medoro, Mateo Pérez de Alesio, Leonardo Jaramillo y Andrés Ruiz de Sarabia. Medoro se estableció en Quito, donde contrajo matrimonio con D.ª Luisa Pimentel y fué el primero que trasladó al lienzo la imagen de Santa Rosa de Lima, y de Alesio, dice Palomino en su Museo Pictórico, que se distinguía como dibujante y tallador, añadiendo que, después de ejercer su profesión en Sevilla y en otras poblaciones de Andalucía, se trasladó a Lima, en cuya catedral dejó varias pinturas. Fray Francisco Bejarano—según escribe el padre Calancha en su Corónica moralizada de la provincia del Perú, del Orden de San Agustín—hizo para la iglesia de su convento de Lima doce grandes cuadros sobre la vida de la Virgen; fué el primer grabador que hubo en aquella ciudad. Del hermano Hernando de la Cruz, notable pintor y maestro de muchos jóvenes, se cuenta que en el siglo se llamaba D. Fernando de Ribera, ingresando en la Compañía, arrepentido por haber dado muerte en desafío a un amigo suyo; falleció en el año 1647.

Haremos expresa mención de la Academia de Nobles Artes de México. No puede negarse que contribuyó a perfeccionar el gusto estético en todo el país. Muestra de ello son los muchos edificios que se han erigido en la capital, en Guanajato, en Querétaro y en otras partes, revelándose en todos perfección y belleza. Citaremos la hermosa estatua ecuestre de Carlos IV, que llegó a fundir el escultor mejicano Tolsa; y no escatimaremos alabanzas a los muchos jóvenes que estudiaban en dicha Academia el dibujo de paisaje y de figura. Centenares de jóvenes se reunían allí; unos dibujaban modelos de yeso o del natural; otros copiaban diseños de muebles. Llama la atención el barón de Humboldt en su Ensayo Político, libro II, acerca del siguiente hecho: «En esta reunión—cosa muy notable por cierto en un país donde tan arraigadas están las preocupaciones de la nobleza contra las castas—se hallan confundidas las clases y las razas; allí se ve al indio y al mestizo sentados junto al blanco, y al hijo del pobre alternando con los vástagos de la más encopetada aristocracia. Consuela en verdad el observar que, en todas las zonas, el cultivo de las ciencias y las artes establece una cierta igualdad entre los hombres, haciéndoles olvidar, siquiera por algún tiempo, esas miserables pasiones que tantas trabas ponen a la felicidad social.»

Consideremos las bellas artes en la América Central. Lo mismo en Guatemala que en los demás pueblos de la América Central, hallamos construcciones notables. A D. Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala[848], se debe la construcción de la catedral de Guatemala la antigua, el Palacio episcopal, la casa de los oidores, el Hospital de Caballeros y otros establecimientos. Murió varón tan bueno el 18 de abril de 1563. Fué protector incansable de la instrucción pública. Procede recordar que el general Vázquez Prego se dirigió a Omoa (1753), y dió comienzo a la fábrica del fuerte de San Fernando. Aunque apenas comenzada la obra murió el general, su nombre vivirá siempre unido al del castillo que se eleva arrogante en el litoral del Norte de Honduras. Del mismo modo algunas iglesias no dejaron de llamar la atención. Cultivóse también la escultura, pintura y música, si bien con poco gusto y casi sin arte. A últimos del siglo xviii, y por lo que a Guatemala se refiere, en 1797 se verificó la apertura de la Escuela de Dibujo, y desde entonces adelantaron las bellas artes, aunque no tanto como era de esperar.

En los demás Estados de las Indias se manifestaron también las bellas artes, en particular en obras religiosas. Hubo, si no pocos, regulares artistas; buenos, en número escaso, y sobresalientes ó geniales, ninguno. La música fué cultivada en algunos Estados, pudiéndose citar algunos artistas de bastante inspiración.

En el Ecuador florecieron artistas de no escaso mérito. Samaniego, natural de Quito, fué admirado por la entonación de su colorido y por la frescura de sus toques. También se distinguió como miniaturista. Tal vez a la cabeza de todos los pintores que hubo en la América española, se halle Miguel de Santiago. Las obras del reputado artista fueron admiradas en Roma, quedando algunas muy notables en los claustros bajos del convento de San Agustín de Quito. La fama de su escuela, «ha sido sostenida, escribe el historiador Ceballos, por los Gorivar (sobrino del maestro), Morales, Velas y Oviedos. Sucedió tras éstos una época de gongorismo artístico, introducido por los muy hábiles, pero de extraviado gusto, Albán y Astudillo; mas en breve volvió á imperar aquella a esfuerzos del célebre Rodríguez, que la restauró, y de cuyos trabajos, unidos a los de Samaniego, puede formarse concepto por los lienzos que decoran las paredes de la catedral. Los llamados el Pincelillo, el Apeles y el Morlaco la sostuvieron con la misma nombradía que Rodríguez.» El pintor Santiago no deja de tener algunos rasgos de semejanza con Murillo, por lo correcto de su dibujo, buen colorido y expresión admirable. Isabel de Santiago, hija del inspirado artista, manejó el pincel con suma habilidad.