es mi vida mi tormento,

pues muero de lo que vivo

y vivo de lo que espero.

Desde que en el año de 1623 se fundó la Universidad de San Francisco Javier en Chuquisaca, gozó fama la citada ciudad de centro de cultura, hasta el punto que mereció el título de Atenas americana. El Padre Antonio de Calancha fué uno de los cronistas más notables de su siglo (1584-1654), mereciendo también especial mención el padre Jerónimo de Acebedo y D. Gaspar Escalona y Agüero.

Dignos de renombre son en la historia de Bolivia Fray Bernardino de Cárdenas, obispo de Santa Cruz y La Paz; el canónigo Alonso Cervera y Zárate, y Fray Miguel de Aguirre, muy estimado en la corte de Felipe IV y en Roma. Si de bolivianos ilustres se trata, no debemos omitir el nombre de Rodrigo de Orozco, marqués de Mortara, que mandó el ejército español en el Rosellón combatiendo con los franceses y fué virrey en las guerras de Cataluña. Otros hombres notables han tenido por cuna a Bolivia[842].

En Buenos Aires—según la excelente obra de D. Félix de Azara, terminada en el año 1806—las únicas poblaciones que podían llamarse propiamente españolas eran Buenos Aires, Montevideo, Maldonado, Santa Fe, Corrientes y Asunción del Paraguay[843]. Las demás podían llamarse caseríos, a los cuales servía de lazo de unión la iglesia parroquial. La enseñanza en Buenos Aires y en la Asunción se reducía, en los comienzos del siglo xix, a la Gramática Latina, a la Teología y a los Cánones; también a las escuelas de Náutica y Dibujo establecidas por el Consulado. En Córdoba se estudiaba la Teología, y el colegio de Montserrat era centro importante de enseñanza. La Universidad de Charcas (1623) era la principal del virreinato, pues en ella estaba establecida la enseñanza jurídica y literaria, y de ella salieron muchos hombres que se distinguieron durante la guerra de la Independencia[844].

Pasamos a tratar de la cultura en Chile. Datan de los últimos años del siglo xvi los primeros establecimientos de instrucción primaria. Fueron fundados por los frailes y las monjas en sus respectivos conventos. Comenzaron en la misma época los Seminarios conciliares, creados por los obispos respectivos, uno en Imperial y otro en Santiago. El primero de los poetas nacidos en Chile (nació en Angol y se educó en Lima) se llamaba Pedro de Oña, autor del poema épico Arauco domado. Como antes D. Alonso de Ercilla había escrito La Araucana, en cuyo poema no figura con el relieve que debiera el gobernador D. García Hurtado de Mendoza, cuando tiempo adelante ocupó el virreinato del Perú personaje tan ilustre, estimuló a algunos escritores, entre ellos a Oña, para que escribiesen los sucesos realizados en Chile, de cuya conquista él se creía valeroso capitán. El autor de Arauco domado sólo se propuso ensalzar las hazañas de D. García, a quien consideró como un semidios. Los dos colegios que adquirieron títulos de Universidades Pontificias porque, según especial concesión del Pontífice, podían conferir grado de doctores en teología, tuvieron relativa fama durante el siglo xvii. Uno de los colegios estaba dirigido por los dominicos, y el otro, el más notable, por los jesuítas. En el siglo xviii Felipe V creó (1738) la Universidad que en honor del monarca se llamó de San Felipe. Inauguróse solemnemente en 1756, siendo su primer Rector don Tomás de Azúa Iturgoyen. Las clases no comenzaron hasta 1758, dos años después de su inauguración y veinte de su fundación. Más que los Seminarios conciliares, más que las Universidades pontificias y más que la Universidad de San Felipe, lo que hacía falta eran escuelas de primera enseñanza, donde las clases pobres pudieran educarse. La enseñanza elemental era tan rutinaria y deficiente, que Carlos III, en 11 de julio de 1771, dictó un reglamento en el cual decía: «Y para que se consiga el fin propuesto, á lo que contribuye mucho la elección de los libros en que los niños empiezan á leer, que habiendo sido hasta aquí de fábulas frías, historias mal formadas ó devociones indiscretas, sin lenguaje puro ni máximas sólidas, con las que se deprava el gusto de los niños y se acostumbran á locuciones impropias, á credulidades nocivas y á muchos vicios transcendentales á toda la vida...» Se enseñaba el latín de una manera rutinaria y los autores clásicos estaban proscritos de las aulas, adoptándose en ellas como modelos, libros religiosos, que, si en el fondo eran verdaderos, el latín de ellos más tenía de bárbaro que de otra cosa. Mejor se hallaba la enseñanza en los conventos de monjas. Allí se instruía a las niñas y se les daba lecciones de labores domésticas. Las bibliotecas tenían libros de teología, moral y jurisprudencia; muy pocos o ninguno de historia, de matemáticas y de ciencias físicas, químicas y naturales. Libros extranjeros no podían importarse, pues así se hallaba dispuesto por el suspicaz gobierno. Chile, por su situación, se encontraba en condiciones más desfavorables que otras colonias de América. Merced al ilustre chileno D. Manuel de Salas (nació en Santiago el año 1757) se creó la Academia de San Luis, equivalente a las Escuelas de Comercio de hoy, que empezó a funcionar en los últimos años del siglo xviii. En la Academia se enseñaban la Aritmética, la Geometría y el Dibujo. El historiador chileno Barros Arana, que se ha dedicado a reunir datos acerca de la cultura científica, literaria y artística del país en el siglo xviii, cita algunos nombres dignos de todo encomio. Entre otros, menciona el del maestre de campo D. Pedro Córdoba de Figueroa, autor de una Historia de Chile, en la que se hallan documentos de algún valor, encontrados en el archivo municipal de Santiago.

Bien será citar al P. Miguel de Olivares, autor de una Breve noticia de la provincia de la Compañía de Jesús de Chile. Brilló en la misma época el jesuíta D. Juan Ignacio Molina, quien expulsado del país en 1767, se refugió en Italia, muriendo en la ciudad de Bolonia a los 89 años. La ciudad de Santiago de Chile le erigió por suscripción popular una estatua[845]. D. Vicente Carvallo, ilustrado militar, escribió Descripción histórico-geográfica del reino de Chile, y el P. jesuíta Andrés Febrés, hijo de Manresa (Cataluña), dió a luz el año 1765 en Lima, un Arte de la lengua general del reino de Chile. Apenas registramos obras de amena literatura y esto es natural, si nos fijamos en el nivel intelectual de los moradores de la colonia. No sólo la supersticiosa ignorancia caracterizaba a los criollos, sino algo también a los españoles. Terminaremos la lista de los escritores de Chile con el nombre de Fray Sebastián Díaz, hijo del país y reputado como sabio por sus contemporáneos. Pertenecía a la orden dominicana y fué profesor en la Universidad de San Felipe. Intituló su obra principal Noticia general de las cosas del mundo y se imprimió en Lima. En ella trata, principalmente, de los ángeles y de su naturaleza, afirmando que el número de aquéllos es el de 6.666. Ocúpase en seguida de los duendes, de las distintas clases de milagros, de las estrellas, del aire y de los tres cielos que los supone poblados de espíritus invisibles.

Atrasada estuvo por algún tiempo la cultura en el Paraguay. Los progresos que se hicieron, no muchos por cierto, se debieron principalmente á la Compañía de Jesús. A los hijos de Loyola deben los paraguayos no poco reconocimiento.

Todavía más atrasado que el Paraguay ha estado por mucho tiempo el Uruguay, no comenzando su progreso hasta bien entrado el siglo xix. Por lo demás, sólo en Montevideo hubo de notarse cierta cultura.