Primera guerra intercolonial.—Hacia mediados de octubre de 1689 llegó al Canadá o Nueva Francia el conde de Frontenac, reelegido Gobernador de la colonia. Rotas las relaciones entre Francia e Inglaterra, Frontenac consideró deber suyo llevar la guerra a las colonias inglesas. Deseaba además vengarse de la mencionada matanza de Lachine y de todos los daños y perjuicios que antes sufriera el Canadá por los ataques de los iroqueses, amigos de la Gran Bretaña. Tres fueron las invasiones principales. Dirigió Frontenac la primera contra el pequeño pueblo de Schenectady, situado sobre el Mohawh. A media noche, y en el rigor del invierno, cuando dormían tranquilos y se creían seguros de todo ataque, cayeron sobre ellos franceses e indios. Las casas fueron saqueadas; hombres, mujeres y niños murieron bajo los golpes del tomahawk. Acto continuo los salvajes pegaron fuego al pueblo, y los pocos que pudieron salvarse, emprendieron la fuga medio desnudos, a través de los campos cubiertos de nieve, para refugiarse en Albania. En las dos expediciones siguientes también llevaron consigo el espanto y la muerte, logrando reanimar el espíritu decaido de los canadienses, convencer a los iroqueses que poco o nada podían esperar del apoyo de Inglaterra e inducir, por último, a los indios abenakis, de la raza algonquina, que estaban asentados en la cuenca del río Kennebec, a renovar sus ataques a los colonos fronterizos ingleses por el lado Norte y Noroeste.

Los franceses, sin embargo, no consiguieron atraerse el ánimo de los iroqueses. Se recordará a este propósito que de los tres enviados por Frontenac en señal de amistad al campo de los salvajes, dos fueron quemados, y el tercero, después de ser brutalmente apaleado, lo entregaron como prisionero a los ingleses.

Los ingleses de los Estados Unidos, apoyados por los iroqueses, se decidieron también a hacer expediciones al Canadá. Bajo la jefatura de Fitz John Winthrop, de Connecticut, se dirigieron a territorio canadiense. Aquel jefe destacó a uno de sus capitanes, quien penetró en dicho país e hizo unos pocos prisioneros y degolló unas cuantas cabezas de ganado. Si la expedición anterior contra Montreal no dió resultado alguno, tampoco otra, organizada por la colonia de Massachusetts, compuesta de varios buques y mandada por Guillermo Phipps, marino de mucha fortuna y gobernador de la citada colonia. Desembarcó el 11 de mayo de 1690 en el puerto de Port-Royal, plaza principal de Acadia (Nueva Escocia) y se apoderó de todo el territorio sin derramamiento de sangre; pero le faltaron tropas y dinero para asegurar su conquista. Decidióse Phipps a realizar una expedición contra Quebec, ya que la anterior le había salido perfectamente. El 9 de agosto la escuadra, compuesta de unos 32 navíos y más de 2.000 hombres, se hizo a la vela, y al cabo de algunas semanas, echó anclas un poco más abajo de la citada ciudad. Esta vez le salió mal la empresa[244]. El conde de Frontenac logró dispersar y destruir en gran parte la escuadra enemiga, teniendo que volver Phipps al puerto de Boston en desastroso estado. Frontenac comunicó la noticia a Francia. Luis XIV, para conmemorar suceso tan fausto, hizo acuñar una medalla con la siguiente inscripción: Francia in novo orbe victrix: Kebeca Liberata A. D. M. D. C. X. C. Al mismo tiempo se mandó erigir una iglesia en la ciudad dedicada a Nuestra Señora de las Victorias.

Los últimos años de la segunda administración de Frontenac fueron notables, ora por la guerra de fronteras, ora por las negociaciones entre indios amigos y enemigos de Francia. La paz de Ryswick, firmada a últimos del año 1697, terminó la guerra con los ingleses e iroqueses. Murió Frontenac el 18 de noviembre de 1698[245].

Si los misioneros jesuítas, teniendo presente que el cristianismo no vino a esclavizar a los hombres, sino a redimirles, penetraron en las selvas desafiando la inclemencia de la naturaleza y la barbarie de los indios para llevar a estos últimos la verdad evangélica, también a veces no cumplieron con su deber, pues considerándose dueños de aquel territorio, veían con malos ojos a los frailes de las diferentes órdenes religiosas, a los comerciantes, a los militares, a todos, en una palabra, que no eran hijos de San Ignacio de Loyola.

Pasamos a estudiar la segunda guerra intercolonial. En el año 1702 hiciéronse apresuradamente preparativos para renovar la lucha. El marqués de Vandreuil, gobernador de la Nueva Francia, consiguió la neutralidad de los iroqueses. Envió, siguiendo el sistema del conde de Frontenac, partidas de franceses e indios contra los colonos ingleses fronterizos, bandas de asesinos que cometían las crueldades más horrorosas. La aldea de Deerfield fué entregada a las llamas (1704), después de matar a 50 de sus habitantes y coger prisioneros 100, a quienes condujeron al Canadá a través de los bosques, cubiertos de nieve. Las mujeres y los niños que no podían recorrer las 300 millas, eran muertos. La aldea de Haverhill, tiempo adelante, sufrió la misma suerte (1708); cincuenta de sus habitantes perecieron bajo los golpes del hacha o abrasados dentro de sus casas. Por entonces se elevó a la reina Ana una solicitud para que ordenara la conquista definitiva de todas las posesiones francesas con el objeto de terminar de una vez la guerra. Accedió la Reina, y en 1710 los ingleses, ayudados por fuerzas coloniales, comenzaron guerra devastadora. Se apoderaron de Port Royal, cuya fortaleza tomó el nombre de Annapolis, en honor de la reina Ana. En 1711 una gran expedición que se dirigía contra Montreal hubo de zozobrar en el río Saint Lawrence. El tratado de Utrech (1713) puso fin a la segunda guerra intercolonial. Los colonos obtuvieron considerables ventajas, puesto que se les concedió completa posesión de la bahía de Hudson, el comercio de peletería y todo el territorio de Terranova, dejando a los franceses determinados privilegios en las pesquerías, y el territorio de Acadia que recibió el nombre de Nova Scotia.

Entre la segunda y la tercera guerra ocurrieron sucesos de no escaso interés. Fueron los principales la cuestión de límites entre franceses e ingleses y entre ingleses entre sí.

Conviene no olvidar que corría el 1712 cuando Luis XIV cedió a un comerciante llamado Crozat el monopolio del comercio con la Luisiana; pero habiendo renunciado poco después el dicho comerciante el privilegio, el gobierno de Francia lo cedió a una sociedad colectiva llamada Compañía del Mississipí, a cuya cabeza se puso el famoso hacendista Juan Law, quien pudo conseguir que fuesen algunos colonos (1717) y fundaran la ciudad de Nueva Orleans, llamada así en honor del Regente Duque de Orleans. A la gran quiebra de Law sucedió la caída de la Luisiana. A una espantosa miseria sucedió el levantamiento de los indios nachez, quienes degollaron a unos 200 franceses, libertándose los habitantes de Nueva Orleans por la distancia que separaba la ciudad del interior. Vengáronse luego los franceses casi exterminando el pueblo nachez. Vendieron más de 400 prisioneros, que redujeron a la esclavitud, entre ellos el cacique, en la isla de Haití. En el año 1732, habiendo renunciado la Compañía del Mississipí a su privilegio, la Luisiana pasó a depender directamente de la Corona. Una campaña contra los indios chícaras, hecha en 1736 por los franceses, fué funesta a los últimos, porque entre otros cayeron prisioneros Artaguette, jefe de la expedición, y un jesuíta; los dos fueron quemados a fuego lento. También vengó Francia la muerte de los suyos, porque mandó un ejército en 1739 que casi exterminó a los chícaras.

Corta fué la tercera guerra intercolonial. En tanto que ardía la guerra en Europa, Shirley, gobernador de Massachusets, se propuso, mediante una flota compuesta de diez buques con 3.000 hombres, conquistar la plaza francesa de Louisbourg, en la isla de Cabo Bretón, cuyo gobernador era Duchambon. El 30 de abril de 1745 llegaron delante de la plaza de Louisbourg, logrando apoderarse de ella el 17 de junio, después de corta y débil resistencia. Aunque posteriormente numerosa flota francesa con tropas veteranas mandadas por el duque d'Anville, intentó recuperar a Louisbourg, no lo pudo conseguir. Firmóse la paz de Aix-la-Chapelle (Aquisgrán), y por una de las cláusulas del tratado, se restituía a los franceses la citada plaza, hecho que causó profunda indignación en los habitantes de Nueva Inglaterra. Terminó en octubre de 1748 la lucha entre franceses e ingleses, sin que pudiera decirse—como escribe Spencer—que estuviese completamente asegurada la paz, pues sólo en la cuestión de límites germinaba la semilla de futuras luchas, que únicamente podían terminar con el absoluto dominio del partido más fuerte. La conquista del Canadá era el sueño dorado, tanto del gobierno inglés como de las colonias del Norte, cuyos habitantes deseaban verter su sangre y gastar sus riquezas para alcanzar la realización de su deseo, excitado doblemente con el feliz éxito de la toma de Louisbourg[246].

Continuaron adelantando, lo mismo las colonias francesas que las inglesas, particularmente las últimas. Franceses e ingleses, colonos franceses y colonos ingleses nunca habían simpatizado y pronto debían comenzar la lucha final, resolviéndose entonces la cuestión de predominio entre los dos partidos beligerantes. Debe no olvidarse que si los ingleses y los franceses se cuidaban de sus respectivos derechos, apenas hacían caso de los correspondientes a los indígenas, que eran más legítimos y justos. «En noviembre de 1749, cuando el infatigable Girt se ocupaba por cuenta de la Compañía del Ohío en medir las tierras que se hallan al Sur de aquel río hasta Kanawha, el viejo jefe Dalaware, al observar lo que hacía Girt, le dijo: Los franceses reclaman todo el terreno que hay a un lado del Ohío, mientras los ingleses piden el que está al otro; y en este caso, ¿queréis decirme qué quedará para nosotros los indios? ¡Pobres salvajes! exclama Mr. Irving; entre sus padres, los franceses, y sus hermanos, los ingleses, estaban en camino de verse completamente despojados de su país»[247]. Sin cuidarse para nada de los indígenas, lo mismo franceses que ingleses reclamaban territorios y más territorios, como país conquistado, fijándose sólo en el derecho del más fuerte. «Seguros ya los franceses en el Oeste—escribe con mucho acierto Mr. Parkman—trataron después de estacionarse en las corrientes del río Ohío, y hacia el año de 1748, el sagaz conde Galissoniere propuso traer diez mil labradores de Francia y establecerlos en el valle de aquel magnifico río y en las orillas de los lagos. Pero mientras que en Quebec y en el castillo de San Luis proyectaban los militares y hombres de Estado estas empresas, Inglaterra continuaba silenciosamente su progreso por la parte del Oriente. Ya las colonias británicas iban extendiéndose a lo largo del valle de Mohawk, subiendo por la falda oriental del Alleganies, y los golpes del hacha, en medio de los bosques, y las negras espirales del humo de las hogueras, eran los precursores de la futura colonización. Mientras en uno de los lados del Alleganies se ocupaba Celeron de Bienville en enterrar planchas de plomo con las armas de Francia, los arados de los labradores de Virginia iban adelantando cada vez más, acercándose por lo tanto el momento de encontrarse ambas potencias»[248].