La cuarta y última guerra intercolonial tiene suma importancia. En el año 1753, fuerzas francesas habían pasado el lago Erié, llegando hasta los afluentes septentrionales del Ohío. Dimwiddie, gobernador de Virginia, mandó a Jorge Washington, joven de veintiún años de edad, que en compañía de Van Braam, soldado veterano que debía servirle de intérprete, se presentase al jefe de la fuerza francesa para hacerle saber que el territorio ocupado pertenecía a la corona de Inglaterra[249].

Salió Washington de Williamsburg el 30 de octubre de 1753 y, después de largo camino, llegó a presencia de M. de Saint Pierre, comandante francés de un puesto que se hallaba a 15 millas del lago Erié. Saint Pierre contestó que el gobernador del Canadá le había confiado la conservación de aquel puesto, el cual no abandonaría sin una orden superior. Con la respuesta por escrito volvió el joven embajador, llegando a Williamsburg el 16 de enero de 1754. Añade míster Irving: «La prudencia, sagacidad y energía de Washington se pusieron a prueba más de una vez durante aquella expedición, que puede considerarse como el principio de su afortunada carrera, puesto que desde aquel momento Virginia depositó en él todas sus esperanzas.» Al año siguiente se rompieron las hostilidades entre franceses e indios por una parte, e ingleses por otra.

Washington, habiendo muerto el coronel Fry, se puso al frente de los ingleses y dió pruebas de mucho valor y de no poca inteligencia, si bien no fué satisfactorio el resultado de su primera campaña, a causa de que las fuerzas de los franceses eran bastante más considerables que las suyas.

Al mismo tiempo se reunieron en Albania (junio de 1754) varios comités que enviaban las asambleas coloniales de Nueva York, Pennsylvania, Maryland y Nueva Inglaterra, ya para renovar tratados de amistad, ya para confederarse o no las colonias, en vista de las circunstancias. Resolvióse afirmativamente, siendo aprobado un proyecto de unión, redactado por Franklin. En su virtud se acordó formar un Consejo compuesto de 48 individuos: 7 de Virginia, 7 de Massachusetts, 6 de Pennsylvania, 5 de Connecticut, 4 de Nueva York, 4 de Maryland, 4 de la Carolina del Norte y otros 4 de la Carolina del Sur, 3 de Nueva Jersey, 2 de New Hampshire y 2 de Rhode-Island. El Consejo debía de cuidarse de la defensa de las colonias y para ello suministraría hombres y dinero, inspeccionaría los ejércitos y atendería al bien general. Tendría el Consejo su Presidente nombrado por la Corona, el cual podía aprobar o no los actos de aquél. «Tal era el documento que puede decirse sirvió de base para lo que había de ser nuestra constitución federal»[250]. Veinte años después decía Franklin, refiriéndose al citado documento, lo siguiente: «Las Asambleas todas opinaron que en aquel documento había demasiada prerrogativa, y en Inglaterra fueron de parecer que era excesivamente democrático.» Rotas las hostilidades entre Francia e Inglaterra, comenzó la guerra entre franceses e ingleses en la América del Norte. Braddock obtuvo el cargo de general en jefe de todas las fuerzas inglesas en América, llevando a sus órdenes como ayudante de campo a Washington. Aunque Braddock era bravo militar que se había distinguido en los campos de batalla, ignoraba el modo de guerrear en el Nuevo Mundo. No atendía tampoco los consejos que le daban personas inteligentes. Braddock, conversando con Franklin en Fredericton, en cuya ciudad el futuro inventor del pararrayos desempeñaba el cargo de administrador de Correos, hubo de decir dicho general acerca de su campaña lo siguiente: «Después de tomar el fuerte Duquesne, pienso dirigirme a Niágara, y en concluyendo allí, marcharé sobre Frontenac si el tiempo no lo impide, lo cual no es probable, porque Duquesne no me detendrá más de tres o cuatro días, y entonces no veo inconveniente en continuar mi marcha hacia Niágara.» «Habiendo reflexionado—dice Franklin—cuán larga era la línea que tenía que recorrer el ejército, por un sendero muy estrecho que debían abrir los soldados a través de los bosques, y recordando la derrota que sufrieron 1.500 franceses al querer, en cierta ocasión, invadir el Illinois, concebí algunas dudas y temores acerca del éxito de la expedición; sin embargo, no me atreví a decir a Braddock más que estas palabras:—«Es indudable, señor, que si llegáis sin contratiempo a Duquesne con esas brillantes tropas y tan bien provisto de artillería, no tardará en caer en vuestro poder el fuerte, por más que esté muy bien fortificado y tenga numerosa guarnición; pero, en mi concepto, las emboscadas de los indios son grave peligro que puede oponerse a vuestra marcha. Esos salvajes, por su rara destreza y práctica del terreno, pueden interceptar la estrecha y prolongada senda que ha de recorrer vuestro ejército y caer de repente sobre el flanco de las tropas, cortando la columna como si fuera un hilo, sin dar tiempo a que se concentren los soldados para socorrerse mútuamente.» Sonrióse Braddock cuando hube emitido mi parecer, como compadeciéndose de mi ignorancia, y repuso: «Esos salvajes serán ciertamente formidable enemigo para vuestra bisoña milicia americana, mas tratándose de las disciplinadas y aguerridas tropas del Rey, no es posible que nos inspiren temor alguno.» Comprendí que no podía discutir con un militar sobre asuntos de su profesión—que naturalmente debía saber más que yo—, y no quise continuar haciéndole observaciones.»

En esta ocasión, el filósofo estuvo, como en seguida veremos, más acertado que el militar. Al frente de 1.200 hombres y diez piezas de artillería de montaña, sin cuidarse de las emboscadas de indios y franceses, como le aconsejaron Washington y Franklin, se puso en marcha Braddock. El 9 de julio de 1755, y antes de llegar al fuerte Duquesne, al subir por una cuesta de altas hierbas y troncos, cayeron sobre las tropas de Braddock, haciendo incesante fuego y dando terribles alaridos, los feroces indios. La batalla, que se dió cerca del río Monongahela, tributario del Ohío, fué sangrienta, quedando entre los muertos y heridos más de 700 soldados; oficiales unos 56. Las bajas de los indios y franceses no pasaron de 60. Afortunadamente, pudo salir ileso del combate, habiendo peleado como un héroe, Washington, a quien la Providencia destinaba a prestar grandes servicios a la causa de la libertad. El 13 de julio murió Braddock, cuyas últimas palabras fueron: ¡Quién lo hubiera creído!

La derrota de los ingleses animó a los indios, quienes se arrojaron sobre los colonos fronterizos y sus aldeas, cometiendo toda clase de crueldades en la frontera de Virginia y de Pensilvania.

Continuó la guerra con igual encarnizamiento durante los años de 1756, 1757 y 1758. En el 1759 determinaron los ingleses apoderarse del Canadá. El general Prideaux debía conquistar a Niágara, el general Amherst a Crown-Point y Ticonderoga, y el general Wolfe a la capital Quebec. El fuerte de Niágara fué tomado por Johnson, que se había encargado del mando por la muerte de Prideaux. Amherst comenzó con ventaja sus operaciones. Por lo que respecta a Wolfe se decidió a asaltar a Quebec, defendida por Montcalm (31 de julio)[251].

La fortuna no le acompañó en sus comienzos; luego se mostró completamente risueña. Efectuóse el desembarco, saltando Wolfe en tierra el primero, y al frente de los suyos consiguió completa victoria, si bien a costa de su vida. Marchando a la cabeza de sus granaderos fué herido en la muñeca, otro balazo le dió en el costado, y el tercero le entró por el pecho y le hizo caer. Un oficial que permaneció a su lado, exclamó: Mirad cómo corren.—¿Quién corre?—preguntó Wolfe.—Los enemigos, señor; todos huyen,—contestó el oficial.—Entonces—replicó casi moribundo—: Diga usted al comandante Burton que baje por el río Saint-Charles con el regimiento de Webb para cortar al enemigo la retirada por el puente. ¡Alabado sea Dios, muero satisfecho!—e inclinando la cabeza a un lado, expiró.

En aquellos momentos también caía mortalmente herido el valeroso general Montcalm, mientras se empeñaba en reunir a sus desbandados soldados. Conducido al campamento, que estaba a orillas del río Saint-Charles, le curaron los médicos, quienes no se percataron de decir que su muerte estaba cercana. ¿Cuántas horas me quedan de vida?—preguntó.—Pocas, le contestaron.—Tanto mejor, dijo, así no presenciaré la entrega de Quebec.

Cuando los ingleses se disponían a dar el asalto, se levantó en la plaza la bandera de parlamento y Quebec fué perdida por los franceses (18 septiembre 1759).