Vinieron siguiendo á los nuestros más de 600 infieles, hasta los bateles disparándoles una tempestad tan espesa de saetas, que parecía una manga de langostas, pero ninguna les hizo daño, porque hallaban resistencia en los cueros, que despedían las flechas; y aun siendo preciso que el P. Patiño estuviese por dos veces en la proa descubierto á los tiros, aunque por todas partes le caían las flechas, ninguna le tocó. Visto esto procuraron retirarse de las furias de aquellos bárbaros, que con su traición deshicieron por ahora y frustraron las esperanzas de poder penetrar el Chaco, donde se esperaba, como dije, reducir muchas naciones.

Volviéronse, pues, sin otro fruto, desandando con mucho trabajo el camino de cuatrocientas leguas que hasta allí habían navegado.

Mas volviendo á la Reducción de San Esteban, este mismo año de 1721, se contaban en ella muchas familias.

Encendióse por este tiempo una pestecilla de viruelas, de que murieron luego dos.

Los demás cobraron tanto miedo á la muerte, que les amenazaban las viruelas, que el mismo día que aquellos dos murieron, dejaron descuidar á los nuestros y todos se huyeron menos dieciocho adultos y veinte muchachos.

Luego que lo advirtieron los PP. Joaquín de Yegros y Lorenzo Fanlo montaron á caballo en su seguimiento, y fueron á alcanzarlos por unos cerros hacia Salta; mas siendo mucha la espesura de los bosques, y fragosidad de las sierras, se desmontaron, y á pie los siguieron, con increíble fatiga, porque no huían por vía recta, sino oblícua siempre, porque decían que así no les podría seguir la peste, cansada de los matorrales y revueltas. Tanta es su barbaridad.

Quedaron los Padres sin fuerzas antes de poderles dar alcance; y volviéndose á su pueblo á cuidar de los que habían quedado enfermos, despacharon tras los fugitivos á dos indios que llevaban consigo para detenerlos, porque de los dieciocho adultos se les murieron los catorce, á quienes asistieron con grande caridad, sin recelo del contagio, y todos los demás enfermaron.

Los dos indios encontraron de allí á algunas leguas á los huídos, y por más que hicieron, sólo les pudieron reducir á que bajasen donde estaban los Padres.

Procuraron éstos que volviesen á la Reducción; mas sólo consiguieron por entonces esperanzas de que se volverían acabada la peste. Por tanto, dejándolos allí se volvieron los Padres al pueblo á cuidar de los que habían quedado, enfermos los más, de los cuales murieron presto catorce adultos, á quienes asistieron con grande celo y caridad, hasta darles sepultura por sus propias manos.

Los fugitivos volvieron después de algún tiempo á su pueblo, por las diligencias de los nuestros, que siempre tienen que trabajar aquí gloriosamente, por la innata barbarie de todas estas naciones, como se conocerá por lo referido.