Á lo que parece, Sanfuentes vino temprano, cuando en Chile había poco público aún. Descorazonado, quemó parte de sus obras: otras quedaron por terminar: otras, inéditas: sólo el drama Juana de Nápoles se representó con éxito creo que menos que mediano.
D. Andrés Bello, que también tradujo dramas y los compuso originales, ejerció durante años el magisterio de la crítica dramática en Chile. Son curiosos y dignos de atención sus juicios sobre algunos de nuestros autores dramáticos contemporáneos. Á Bretón de los Herreros, á quien juzga con ocasión de la Marcela, le pone desde luego por cima de Moratín, á quien califica de lánguido y descolorido. En Moratín halla además falta de «aquel sabor poético que es propio aun de las composiciones escritas en estilo familiar, y que tanto luce en los fragmentos de Menandro y en los buenos pasajes de Terencio»; mientras que en Bretón ve la gracia y el brillo en el estilo, y asimismo una vis cómica que falta algo á Terencio, y «en que tampoco es muy aventajado Moratín».
Ya se entiende que cito para narrar, y no para aprobar ni impugnar.
Yo creo que, al menos, El café tiene más vis cómica y más durable chiste que media docena de las más chistosas comedias de Bretón.
Y esto á pesar de la pedantería grave de don Pedro, que eclipsa un poco el resplandor de la graciosísima pedantería de D. Hermógenes.
En cambio de este grande entusiasmo por Bretón, Bello es severo con Hartzenbusch al juzgar Los amantes de Teruel, cuyos defectos señala y pondera y cuyas bellezas no ve ó no encomia.
La guerra promovida con ocasión del teatro entre timoratos y desenfadados, librepensadores y clericales, devotos é impíos, se enardeció más en Chile con el advenimiento del romanticismo.
Aunque había censura previa de teatros, establecida en 1830, ésta no se ejercía con severidad. Sin embargo, mucha parte del público, cristianamente educada, repugnaba las impiedades y se rebelaba contra ellas.
En 1832 se representó en Santiago el Aristodemo, no ya el de Cabrera Nevares, sino el de Monti, traducido, que es mucho mejor. El pasaje en que Lisandro llama á los dioses
Fútiles sombras del temor humano,