escandalizó á gran número de los espectadores.
Más tarde, en 1835, quiso la compañía dramática representar El fanatismo ó Mahoma, tragedia de Voltaire, traducida al castellano por D. Dionisio Solís; pero aunque esta obra había sido dedicada por su autor al Papa Benedicto XIV, que la aceptó con gusto, el clero de Chile se resistió con tal energía á que se representase, que la compañía desistió de su propósito.
La nueva escuela romántica, con todos sus apasionados atrevimientos de expresión, no apareció triunfante en Chile hasta 1841, con la representación del Macías, de Larra.
Este drama fué aplaudido con entusiasmo; pero los escrupulosos le hallaron gravemente perjudicial á las buenas costumbres; citaban escenas corruptoras que atropellaban el recato, la moral y las leyes; y entre ellas nada pareció peor que aquello que dice Macías á Elvira, ya casada:
Ven á ser dichosa.
¿En qué parte del mundo ha de faltarnos
Un albergue, mi bien? Rompe, aniquila
Esos que contrajiste horribles lazos.
Los amantes son sólo los esposos,
Su lazo es el amor: ¿cuál hay más santo?
Su templo, el universo: donde quiera
El Dios los oye que los ha juntado.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . Huyamos: ¿qué otro asilo
Pretendes más seguro que mis brazos?
Los tuyos bastáranme; y si en la tierra
Asilo no encontramos, juntos ambos
Moriremos de amor.
Todavía, un año después de representado el Macías, se quejaban los escritores clericales de su inmoralidad. «¿Qué impresión—decía uno indignado—pueden hacer en el corazón de una joven versos tan indecentes?»
Vino á colmar el enojo la representación, pocos días después de la del Macías, de otro drama, traducido del francés, titulado La nona sangrienta. Se dejó adrede en el título la palabra nona, en vez de monja, para no alarmar y para engañar á los incautos; pero no valió la artimaña, y el arzobispo de Santiago dirigió al gobierno un oficio quejándose de la impiedad é inmoralidad de los dramas.
De este oficio no se hizo caso por lo pronto, y siguieron representándose dramas inmorales é impíos.
En 1841 había en Santiago una actriz limeña, idolatrada del público, y que era una revolución andando. Se llamaba Toribia Miranda. Amunátegui la pone por las nubes, y es tal su entusiasmo, que hace recelar que él, allá en su mocedad, fué uno de los muchos admiradores de la Toribia:
«Tenía, dice, un instinto artístico admirable. Se introducía maravillosamente bajo la piel de la heroina á quien caracterizaba, y procedía como tal. Sentía lo que hablaba y lo que accionaba. La pasión palpitaba en sus labios. El llanto corría por sus mejillas. La belleza de que estaba adornada, contribuía poderosamente á la influencia y fascinación que ejercía en el auditorio. Tenía la tez pálida; los ojos negros, rasgados, incendiarios; el cuerpo contorneado y voluptuoso; los pies pequeños, y ese donaire que es la sal de su suelo nativo. Los mozos se inflamaban con sus miradas. Los viejos perdían el seso con ellas. Los sujetos más graves y doctos le componían sonetos y decían en prosa: «Esta mujer tiene en su cuerpo todo el fuego de su patria.»