Tal era la actriz destinada á trasplantar en Chile el romanticismo vehemente, á pesar de las quejas del arzobispo y del escándalo de los timoratos.
La más tremenda batalla que se riñó en esta guerra fué en la representación de Angelo, tirano de Padua, de Víctor Hugo. El drama fué frenéticamente aplaudido, y no fué menos frenética la protesta que se levantó entre los devotos, censurando duramente que la cortesana brillase con mengua de la legítima esposa; que el amor impuro se albergase en el corazón de todos los personajes, y que la mujer casada muriese para el marido y viviese para el amante. El drama fué calificado de inmoral en grado sumo por muy respetable porción de la sociedad.
El gobierno tuvo al fin que ceder á las quejas del arzobispo y dirigir severa amonestación al censor de teatros, que lo era D. Andrés Bello.
Los dramas románticos siguieron, no obstante, representándose, pero mutilados ó desfigurados por la censura.
El paje, de García Gutiérrez, se representó con no pocas de estas mutilaciones ó cambios.
A veces se cambiaban, no sólo frases, sino los desenlaces, á fin de que no fuesen tan tétricos.
En el drama Los hijos de Eduardo, de Delavigne, traducción de Bretón de los Herreros, aquellos interesantes niños lograban escapar de la Torre de Londres, á despecho de la historia.
Poco á poco fué haciéndose en Chile menos asustadizo el público. La censura acabó por consunción; pero hasta más de mediado el siglo presente se opusieron en Chile á las libertades del teatro un ardiente espíritu religioso y lo que llama Amunátegui la excesiva gazmoñería en materia de amor.
El romanticismo tuvo en Chile un eco prodigioso. Los románticos se diferenciaban de los demás hombres hasta en el vestido. Los cuatro poetas de quienes más se admiraban, procurando imitarlos, eran Víctor Hugo, Dumas, Espronceda y Zorrilla. Venía después D. Nicomedes Pastor Díaz, cuya Mariposa negra se sabía la juventud de memoria.
Los poetas chilenos, con todo, apenas escribían para el teatro más que arreglos y traducciones.