El progreso es evidente y constante.
Desde la monera, desde el protoplasma, desde el moco, hemos llegado á un organismo tan complicado como el de nuestro cuerpo, y en él, por vez primera, ha aparecido la persona, la conciencia y la reflexión, por cuya virtud nos entendemos á nosotros mismos y á todo lo que es ó puede ser fuera de nosotros.
¿Acabará aquí el progreso, ó seguirá adelante? Seguirá adelante. La historia de la humanidad lo demuestra. Ahí están todos los primores, lindezas, galas y artefactos, leyes, vestimentas, casas y música, que hemos inventado, desde que dejamos de ser alalos y rompimos á hablar, hasta hoy, que tenemos telégrafo, teléfono, fotografía, torpedos y dinamita.
Lo extraño es, y vuelvo á uno de mis temas, que el agente cósmico, la causa creadora, como usted la llama también, haga todo esto con sabiduría estúpida, y sin saber lo que hace; pues si lo supiera, diría con más razón que Virgilio: Sic vos non vobis. Da inteligencia, da personalidad, da mil cosas más, y se queda sin nada. La antigua sentencia que reza, nemo dat quod in se non habet, pierde aquí todo su valor.
Pero si la conciencia y la personalidad no están en el agente cósmico y están sólo en cada uno de nosotros, seres humanos, como quiera que nosotros vivimos unos cuantos años y nos morimos luego, la ley del progreso se realizará en todo, menos en la conciencia y en la personalidad individuales.
Usted quiere que dicha ley se cumpla en todo, y para ello afirma que una vez que tenemos persona y conciencia, y aun antes, en la sustancia donde la conciencia y la persona están en preparación, hay inmortalidad. Según Ud., de la materia más sutil y etérea se forman concreciones y organismos sutilísimos, y éstas son las almas de todo; las cuales almas van progresando, educándose y pasando de unos cuerpos en otros, desde el helecho, por ejemplo, hasta el cuerpo de Darwin. Así este ser sutil logra aprenderlo todo por experiencia y desenvuelve sus facultades.
Si estos cuerpos fluidos y etéreos son indestructibles, equivalen á lo que antes llamábamos almas. Así se destruye el dualismo que se ponía entre espíritu y materia. Y á la verdad, como ni de la materia ni del espíritu conocemos la esencia, y sólo sabemos de ellos por los atributos y efectos, yo no quiero, ni debo por lo pronto, suscitar disputa.
Si Ud. da al alma humana todos los caracteres y atributos que al espíritu dábamos antes; si usted reconoce que es una, indivisible, sutilísima é inmortal, nada importa el nombre. Llamémosla, pues, cuerpo fluido, ya que este cuerpo ha de correr con más que eléctrica velocidad, por donde venga á ser como ubicuo, y ha de sustraerse á la corrupción y á la muerte, y ha de cruzar el éter y toda la amplitud de los cielos, y ha de conocer y ha de amar cuanto en ellos se contiene de bueno, verdadero y hermoso.
Muy bien me parece además que estas almas, para ir ascendiendo á la perfección, necesiten de más de una vida, y hasta considero razonable la sospecha que tiene Ud. de que el Flammarión de ahora sea Giordano Bruno redivivo, y de que el benemérito repúblico Benito Juárez, á quien tanto debe la democracia y autonomía mexicanas, no haya sido otro sino el rey ó emperador Cuauhtemoc, de gloriosa memoria.
Lo que se me resiste bastante es eso de que nuestra alma sea neutra, y ora se encarne en cuerpo de mujer, ora en cuerpo de hombre. Alguna fuerza tiene el raciocinio que Ud. hace de que, si fuéramos hombres ó mujeres siempre, no sabríamos por experiencia sino la mitad de lo que hay que saber; pero, ¿qué quiere Ud.?....., á pesar de todo, me repugnan esos cambalaches.